La otra tarde, un amigo y yo paseábamos por un barrio de Castilleja. Íbamos charlando y de repente escuchamos un frenazo. Un coche había estado a punto de atropellar a un niño de unos cinco años que había querido cruzar la calle sin mirar a los lados.

La madre del niño empezó a gritar al conductor: “¡Qué pasa? ¡Que no ves que tienes un paso de cebra?”. El hombre, un poco aturdido, intentaba excusarse: “Señora… si es que no lo he visto…”. Pero la mujer seguía dando voces: “¡Te tienes que parar! ¡Y si lo llegas a atropellar, qué?”.

Como la señora no dejaba de increparlo -“¡Porque te voy a buscar una ruina!”-, el pobre hombre pidió disculpas y dijo algo más, antes de marcharse: “Pero que sepa usted que la culpa la ha tenido su hijo”. La mujer le contestó algo, pero no pude oírlo por culpa del estruendo del coche, que ya se alejaba.

No le había sentado bien lo último que había dicho el conductor, aunque le dio la razón cuando se volvió y le dijo a su hijo: “¡Y tú a ver si miras antes de cruzar, que eres tonto!”. El grito se sintió en toda la avenida. Aunque seguro que el muchacho sintió más el guantazo que su madre le dio en el culo. Lo sentimos hasta nosotros, que nos encogimos con una mezcla de sorpresa, dolor y compasión. Enseguida llegó el llanto.

El muchacho y su madre siguieron su camino. No pude evitar sonreír después de recordar una cosa, y se la confesé a mi amigo: “Cuántas veces me habré llevado sopapos como ése por lo mismo que ese niño”.