Hoy fui a la clínica. Ingresaban a mi madre para un cateterismo de corazón. Una operación supuestamente sencilla, pero  que acoj… acongoja igualmente, ya ustedes me comprenden.

Eran las cuatro de la tarde y estaba en la cafetería comiendo un poco de ensaladilla y un bocadillo de jamón. De pronto entró en el local un hombre de aspecto desaliñado, piel cetrina y barba de tres días, cargado con una mochila y una foto de su familia que iba enseñando a todos.

Se dirigió a mí primero, y sin apenas mirarlo le dije que no tenía nada. El hombre salió enseguida porque en todos encontró la misma respuesta. Pero al verlo pasar por mi lado otra vez, reparé en una de las mitades del bocadillo que me estaba comiendo. Pensé en dársela, pero ya salía por la puerta, así que me planteé levantarme, salir y llamarlo.

Pero me quedé en eso, en la indecisión de si lo hacía o no. Finalmente, creí adecuado hacerlo. O haberlo hecho, mejor dicho, porque ya había pasado mucho tiempo, y era demasiado tarde para salir detrás del hombre. Miré la mitad del bocadillo, la cogí y de pronto me di cuenta de que estaba saciado y no tenía más hambre, después del platillo de ensaladilla y la otra mitad del bocadillo. Y me dio más pesar no haberle dado aquel trozo de pan con jamón a una persona que lo necesitaba y lo iba a agradecer infinitamente más que yo.

En ese momento recordé una pequeña parábola que me contaron de niño. Dios dice a una mujer que va a visitarla cierto día. La mujer se afana por limpiar y arreglar la casa, y entonces recibe la visita de tres mendigos sucios y harapientos, uno tras otro. Ella les dice que se marchen, que lo van a ensuciar todo y Dios está al llegar.

Al final, Dios aparece, pero no como la mujer había imaginado, sino como los tres mendigos. Igual pasó esta tarde en la clínica: Dios entró en la cafetería y se paseó por ella, pero ninguno de los que estábamos allí lo miramos siquiera. Pensaba esto mientras miraba la mitad del bocadillo, y de pronto volví a centrar la atención en mi madre, y me volvió la angustia de la operación.

Imaginé que la cosa del cateterismo se complicaba y salía mal. Imaginé que no volvía a verla más, que me la arrebataban para siempre. Me entraron escalofríos. Si eso sucediera, me quitarían lo más valioso. Sería como si me quitaran mi sustento diario, mi propia vida. Sería como haberle negado a aquel hombre barbudo y harapiento aquel trozo de pan con jamón que ya empezaba a comerme.