Ayer me encontré en mi twitter con un reply del compadre Jack, en el que me decía:

Sé constante y ve con determinación a por lo que quieres. Suerte.

Esta cita, así, leída al vuelo, suena al típico consejo de libro de autoayuda. Pero entendido en mi (nuestro) contexto, en el del quinto año de la carrera de Periodismo, es más bien el evangelio que hemos de seguir quienes no vemos la profesión como un echar horas en una redacción, sino como un patearse las calles para desentrañar la verdad del mundo.

Estos últimos tres meses me he dedicado a hacer algo que nunca, hasta entonces, había hecho: periodismo de verdad. Ello se lo tengo que agradecer a Jack, que me ha sacado de la dinámica de facultad y prácticas y me ha introducido en la realidad de la calle -ese sitio del cual los periodistas nunca debieron salir, y al que ahora, irónicamente, vuelven en manada-. Él me ha enseñado a desenvolverme en manifestaciones, en marchas, en conferencias, en entrevistas y en muchas otras situaciones.

Especialmente intensa ha sido la última semana, mientras elaboraba, junto a mi amigo y compañero Cerote, un reportaje que, sin duda, es el más delicado e importante de cuantos he realizado hasta hoy en mi corta carrera periodística. Además de los entresijos del contraste de la información -hablar con unos y otros, comprobar documentos, conseguir la opinión y el asesoramiento de expertos-, nos hemos topado con otras dificultades imprevistas que pueden estropearnos parte de los planes que, incialmente, teníamos para el reportaje.

En momentos como éste, cuando apenas tenemos tiempo para respirar, cuando dormimos 20 horas en una semana, cuando tenemos que hacer entrevistas a las ocho y media de la mañana con todo el frío del mundo o cuando nos surgen problemas inesperados, es cuando más importantes son palabras como ésta de Jack, porque nos ayudan a comprender que no podemos cesar en nuestro empeño por conseguir lo que queremos, ya sea una información concreta o llegar a ganarnos la vida con el reporterismo de calle. Que hay que echarle huevos, a todas horas.

El periodismo de verdad, ése sentido y no de bocación (vocación de boquilla, que diría Juan), ese periodismo encarnado en y a través de uno mismo, ése de contar historias, es un oficio muy sufrido. Si no estás dispuesto a renunciar a la comodidad de las ocho horas de redacción, de las ruedas de prensa, de los teletipos de copiar y pegar, está claro que no es lo tuyo. No te preocupes: siempre tendrás el funcionariado.

Pero si de verdad sientes que hay algo más allá de las cifras y las declaraciones, si realmente crees que la verdad del mundo está ahí fuera y no en un gabinete de comunicación o en la web de Europa Press, si tienes claro que el periodismo es tu sueño y que ese sueño está tejido con retales que son las historias que te quedan por contar, no lo dudes: coge la cámara y la libreta, y échate a la calle. Te saldrán callos en las manos y cebaduras en los pies, pero no tengas miedo: es divertidísimo. Seguramente nos encontremos por ahí. Salúdame si me ves. Hasta entonces, como dice Jack, mucha suerte.