¡Que no, que sólo se ha hundido el puente del Riopudio de Almensilla! Aunque, para una vez que pasa algo interesante en este pueblo, no extraña que la expectación sea similar a la que habría en cualquier otro lugar del planeta si se anunciara el fin del Universo.

Nadie quería perderse tamaño espectáculo, sin parangón en la historia local. Allí fueron todos. Niños, padres y abuelos. Algunos hasta con muletas. Se apelotonaban delante del puente, en la margen derecha (la de Almensilla, claro, no le ibamos a dar el gusto a los de Palomares), hasta llegar casi a la orilla del arroyo (para nosotros, un rio como el Danubio).

Tan sonado fue aquello que hasta las cámaras de la tele vinieron. Claro, era indispensable. Un acontecimiento que no requiera la presencia de las cámaras, ni es acontecimiento ni nada. Pero la exclusiva no fue para Canal Sur o para Antena 3. Ni siquiera para TVE. A pie de río ya se encontraban los servicios informativos de la televisión local para registrar las mejores imágenes de la última hora.

Pero pasaban las horas, y lo único que veíamos era cómo caía un puñado de arena tras otro. Parecía que el puente se negaba a caerse del todo, y el público, expectante y -lógicamente- ávido de más, no estaba dispuesto a consentirlo: había que derribarlo, aunque fuera a pedradas. Después de todo, el hundimiento de un puente es como los eclipses: no se ven todos los días, nunca sabes si vas a poder verlo en tu pueblo y de aquí la próxima vez puedes esperarte sentao.

Al final, todos los esfuerzos fueron vanos, como las pocas pedradas que dieron en el blanco (porque los honderos tenían la misma puntería que los delanteros del Betis). El coloso venció a los elementos (“¡menudos elementos, que me tiran piedras!”, pensaría) y quedó en pie. Y como se acercaba ya la hora de la siesta, los curiosos fueron regresando, decepcionados, como niños que salen del circo sin ver la función de los tigres que se anuncia en el cartel.

No tardé en seguirles. Por el camino iba pensando en todo cuanto había visto, y quedé no poco impresionado cuando tuve constancia de la grandeza de esto que les cuento: la historia de  un sencillo puente que quiso vengarse de quienes le pisoteaban,  y de este modo hizo que, un día, un pueblo entero almorzara huevos fritos.