Todo poeta desea que el poema que escribió sea escuchado con la misma atención, con la misma predisposición, con las que se escuchan por ejemplo las últimas palabras de un moribundo, esas palabras que, siendo también las que usamos todos los días, parecen provenir de otro idioma, de otro territorio quizás, de esa delgadísima línea que apenas si separa a los que están vivos de los que ya no están.

Sólo si se lee con esa entrega y abandono de sí puede dar la poesía algo de su secreto, esas llamas que iluminen verdaderamente, por un momento, el mundo.

Contraportada de La niebla, de José Mateos, ed. Pre-Textos, Valencia, 2003.