José Julio Cabanillas me echó una bronca literario-periodística la otra noche. Es algo por lo que no me enojo. Más bien me avergüenzo tras darme cuenta de mis propias vergüenzas y miserias de iletrado. Y me alegro, porque me  siento afortunado de que alguien como él me dé consejos, me espolee y me muestre el camino de las buenas letras. Aunque la fortuna más grande es que las personas como José Julio hacen que uno aprenda lo verdaderamente esencial:  perder la soberbia, agachar la cabeza y poner la otra mejilla (literalmente). Muchas gracias, José Julio.

Y ahora, un regalo para todos.

CENA EN BETANIA

Nadie sabe qué hay dentro de un hombre.
Cada uno vive preso en una isla.
Y si agita los brazos
o alza blancas señales de humo mientras habla,
verá una luna sola en su solo horizonte.
Una mirada, un roce
apenas entreabren
el pesado telón que nos cela esos mares
de cielos jamás vistos
o verdes pensamientos en selvas esmeraldas.

Aquí estás tú, en la sala. Hay una luz de fiesta.
Sentadas a una mesa, cenando, te rodean
atentos. Ellos quieren saber
y en miradas atentas sopesan tus palabras
como quien tasa un abalorio.
Quién es éste, se dicen; debiera
agradecernos estar acompañádole, nosotros…
Grises rictus sus caras
de muertos que alentasen satisfechos
de su propia inmundicia.
Me remuerde esta luz
y me empuja a otras luces, otras noches
en que, estúpida obsesa, era la eternidad
un mozo engatusado por mis redes.
A algunos los conozco y sé qué te preparan.
Es tan claro el futuro, veo tu cruz
escrita ya en el libro de tus ojos.
Qué angustia se te asoma. Si éste fuese profeta,
piensan ellos, sabría quién es ésa que le toca.
Ya no importa. Aguardas tu sentencia.
Y me abrazo a tus pies como al madero
y los bañan mis lágrimas y mi pelo los viste.
Rompo mi corazón con este frasco
de perfume que alivie el hedor de ese día
y preparo tu cuerpo para la sepultura.

José Julio Cabanillas, en  Los que devuelve el mar, ed. Pre-Textos, Valencia, 2005.

Por cierto, un placer haber compartido saludos y palabras con Ramón Simón y Juan Antonio González Romano por primera vez.