Quisiera reparar los corazones
de aquellos que han sufrido
el dolor de la injuria o de la pérdida.
Renunciar a mí mismo, a mis deseos,
dedicarme a quien clama compañía
y a aquellos que otras veces me dieron su paciencia.
Compartir con ellos la risa y la palabra
y darlas sin reparo, sin esfuerzo.
Escuchar un silbido y surgir de entre las sombras
como el sol reluciente en una tarde aguada,
como un hálito eterno de esperanza.
Que sea la alegría compartida
la única y más grande recompensa.

7-III-10