Por lo general, un hombre se deja las barbas por pura flojera. Cuando uno deja de ser un muchacho barbilampiño, adquiere el hábito de afeitarse de manera más o menos regular. Por ejemplo, un día por semana. Pongamos que el miércoles. Todos los miércoles el muchacho se afeita como si cumpliera un rito, hasta que llega el miércoles fatídico en el que está terriblemente ocupado con algo. Pongamos que rascándose los huevos en el sofá.

En ese momento, el muchacho decide dejarse las barbas para no tener que afeitarse. La estética u otras excusas otros factores son secundarios. No se dejen engañar por esos agentes de marca encubiertos que son los hombres que se dejan el sueldo en maquinillas desechables. De hecho, luego de un tiempo dejándose las barbas, la gente comienza a habituarse a su nueva presencia y empiezan a decirle que le quedan bien y que está muy guapo. And whatever.

Pero eso no suele suceder con los padres, que persiguen al muchacho diciéndole que es un puerco y un degenerado, entre otras lindezas. Finalmente aceptan las barbas perpetuas, tras un tiempo de adaptación razonable. Unos dos años. Por eso los comienzos no son fáciles. Por eso y por la inexperiencia de llevar una mata de pelo colgando de la cara. A los picores se le suma un remordimiento cada vez que se mira uno al espejo, acrecentado por los piropos paternos. Y el barbudo novato cae de nuevo en el afeitado.

Pero una vez que se entra en esta cómoda dinámica ya no se sale. Conforme uno se adecua a ella y las lindezas de los padres resbalan por la perilla, sólo se recurre al afeitado tras un período mínimo de tres meses.  En este punto, por lo general, un hombre con barba cae en la cuenta de que ha llegado el momento de afeitarse cuando se levanta una mañana, se mira en el espejo y comprueba que tiene los pelos de la barba más tiesos que los de la cabeza.

El afeitado del barbudo es tremendamente tedioso, e incluso doloroso. Requiere unas tijeras para recortar el grueso de las barbas y una maquinilla de afeitar (o dos, habitualmente) para rasurar. También mucha paciencia para soportar este suplicio interminable. Y, por último, una aljofifa y un escobón para limpiar el cuarto de baño.

Hasta que el barbudo, ya con experiencia avanzada, descubre la maquinilla de pelar. Entonces desaparece el afeitado. La barba se vuelve perpetua, impenetrable, y el día en que uno se levanta con las patillas como las de un lince, sólo tiene que recortar. Nunca más rasurar. Y es automático.

La vida del hombre barbudo conduce a la felicidad y el esparcimiento inherentes a la vida del hombre flojo, pues el hombre flojo se rasca los huevos pero el hombre barbudo se rasca los huevos y las barbas. Y si no les dicen que están muy guapos con ellas, quédense con el consuelo de que, al menos, les camuflarán la cara. Además, contra lo que afirman todos los mitos, en verano no dan calor. ¡Pero en invierno abrigan! Se lo digo yo, barbudo oficial desde los 16 años.

Comprendo que piensen que esta disertación es algo totalmente peregrino y que, una vez hayan terminado de leerla, se perderá como las gotas de agua entre los bigotes. Pero sepan que yo no tengo un pelo de tonto y que si les lego este pozo de sabiduría mundana es, simple y llanamente, por el mero placer de rascarme las barbas (y acaso también los huevos) mientras reflexiono.