En las callejas de Mdina hay un halo dorado que se confunde con la oscuridad, como en un cuadro barroco. El sol  de media tarde cae sobre la piedra caliza de las casas y los santos de mármol. Sólo hay en la calle algunos turistas que pasean extraviados.

Al final de los pasajes hay un gran mirador natural con una bancada de piedra. Desde allí se ven Mosta, San Julián, La Valletta y el mar. También son doradas las casas, las torres, las basílicas, bajo el sol que se cuela entre las nubes. Hay algo barroco en esta isla. Un fulgor que surge en las tinieblas como surge un tesoro largos siglos escondido.

Uno contempla el mar y se imagina aguardando la ira de los turcos que asedian La Valetta y el Gran Puerto. Y vuelve la cabeza y piensa en los turistas que vociferan en la calle y pisan y profanan los templos con los flashes. Y repara en la anciana que otea las callejas sentada al lado del alféizar, con esa mirada grave de quien tiene a la isla por su madre, y ve a los extranjeros que la invaden sin reparos. Extraños en su casa.

La vieja observa todo, silenciosa. Los ojos hondos, serios, imponiendo respeto a quien los mira. Me dice su mirada:  “Hay que bajar la voz, respetar el silencio de las piedras. Hay que pedir permiso en cada puerta. Descalzarse al entrar en las iglesias. Estás en casa extraña, ten cuidado. No profanes mis calles como un turco”.