25 de septiembre. Hoy hace cinco años que dejé de ser quién sabe realmente qué o quién para empezar a ser lo que soy hoy. Ése que conduce hacia la redacción del periódico por una autovía medio vacía, mirando el sol sobre las lomas a un lado, al otro las torres de los polígonos. Hace cinco años nada de eso era, y hoy, después de haber pasado por allí, todos esos lugares están lejanos y son extraños.

Me pregunto qué será de todas esas tardes del otoño primero, de lluvia repentina, de sol de bronce, de nubes pintando claroscuros en el campo aventado. Los días de antaño son como aquellas estampitas de fútbol de la infancia que pegábamos ordenadas en un álbum, y de cuando en cuando las repasábamos con la alegría y el orgullo de poder decir: “yo conseguí juntar todo esto”.

Y en esas estampas hay gente que se mueve, como en las fotografías de Harry Potter. Gente que viene y va y sale del cuadro y otros que llegan, y cambia el escenario y vas viendo lugares olvidados. Y al final del álbum hay una pequeña familia de amigos que sonríen a la cámara, abrazados, unidos por el tiempo. Y el escenario cambia como en un teatro pero ellos siguen allí. Al volver a esos sitios no quedan ni las sombras, sólo la tramoya y un montón de figurantes que nadie ha invitado y nadie conoce. Pero miro las estampas y digo con alegría: “yo conseguí juntar todo esto”.

Lo único más triste que haber tenido una infancia triste es haber tenido una infancia feliz y no haberte dado cuenta. Hoy ya es hora de decir adiós a toda la infancia pero aún es tiempo de darme cuenta de todo aquello. Intento recordar cómo era todo hace cinco años, si veía el hoy tal y como es, pero sólo encuentro la neblina de las mañanas primeras del otoño. No sé si por el camino perdí las ambiciones y los sueños de niño que ya no recuerdo, pero sé que en los parques de La Cartuja, en las pálidas calles de Los Remedios, en las estrechas avenidas del Centro y en veredas de tierra por los campos encontré gente que me hizo recuperar y vivir los sueños nuevos, y acaso también los antiguos.

Hoy todo eso acaba. Ya me toca dejar las viejas sendas, sólo sombras, y conducir un coche destartalado por grandes autovías. Pero hoy todo empieza, y todo vuelve al mismo sitio. Hoy soy el mismo niño de hace cinco años, que cumple su sueño en el periódico que está frente a la facultad en que empezó esta aventura y donde hoy llego por otros caminos. Me veo con la ilusión de las primeras clases, volviendo cada día a mis amigos, ya de vuelta, como nuevos, como entonces.

Hoy ha venido al mundo un nuevo Buentes. Jesús Rodríguez ha traído el oro entre el bronce de septiembre. Hoy soy Jesús Rodríguez más que nunca. Soy yo y ese niño que viene al mundo con ojos de mirarlo todo por primera vez, en esta larga carretera que ilumina la luz de los días antiguos. Hoy la vida vuelve a la vida, y nosotros la abrazamos, siempre nuevos.