El sevillano que no ha escuchado setecientas veces que “Sevilla es barroca” es que nació ayer por la tarde. Y no por mucho escucharla, esa ya casi muletilla deja de ser verdad. Ciertamente lo es hasta la más pura de sus esencias. Sevilla es barroca de exagerá. De la calor desde marzo a noviembre, de las sequías sin fin y también de las repentinas trombas de agua en el invierno y acaso también en agosto.

Sevilla es barroca de claroscuros, más intensos cuanto más otoño. Barroca de oros, bronces y cenizas. De la luz y la sombra a cada instante, de lo nuevo e ignoto que aflora entre lo viejo y cotidiano con cada paso, de la sorpresa del forastero y la del viejo arraigado.

Sevilla es barroca por pura apariencia, y esto por encima de todo su barroco ser, igual que el decorado de policromía brillante reviste y esconde las miserias del yeso y el cemento corroído. Todos los días es Sevilla un gran escenario de oro, a veces sólo ocre latón, donde nada parece como es y cada cual representa su propio guión con una impostura que cabalga entre lo trágico y lo cómico, entre la ciudad de la guasa y la pobre ciudad.

Sevilla es una gran mascarada hasta en el compadreo cotidiano, hasta en esa conversación entre dos amigos en la que uno, con guasa, tacha a otro de pijo y el otro le responde al uno que de pijo tiene sólo la P, que coincide con la letra inicial de su nombre. Y al uno le sale del alma responderle lo único que en ese momento sabe y puede decir: “Compadre, eres auténticamente sevillano: eres pura fachada”.