En la pared reluce entre penumbras
un crucifijo de oro ennegrecido
que aguanta alguna oscura penitencia.
En el silencio frío de la lluvia
parece que me llama,
me mira y me pregunta: “Quid est veritas?
¿Qué verdad es ésta que ahora buscas
en un montón de estantes polvorientos,
en una casa extraña que ahora habitan otros?”.
Qué fue de la verdad de aquellos años,
de todas las verdades que ahora cubre
el polvo de la vida que en polvo se convierte
en las sombras sin orden de este cuarto.
La lluvia toca lenta en la ventana,
como en tardes de siestas infantiles
en casa de los tíos, en el pueblo,
de mirar las paredes y querer descifrar
las historias que alguien se dejó en los rincones.
Afuera un mundo extraño me espera entre la lluvia.
Es toda la verdad que ya me queda,
es ésa y la que dejo entre las sombras.
En este cuarto, cuando me haya ido,
mis padres mirarán de vez en cuando,
dormirán mis sobrinos y los huéspedes,
y sólo yo sabré qué historias de la infancia
me cuenta la penumbra que ahora vela
el polvo en los estantes, la lámpara, la cama,
la lluvia en la ventana, el negro crucifijo.

30-X-2010