Es una mañana lenta de domingo, de lluvia y hojarasca. El agua cae a ratos sobre el huerto, breve pero intensa. Leo artículos de prensa e historia, junto a la ventana de mi cuarto. Desde allí veo caer la lluvia, las gotas que cubren el cristal. Cuando dejo de oír el repiqueteo, miro hacia afuera y contemplo el cielo. De pronto veo también un mirlo. Corre sobre la tapia, pica algunos frutos de las parras y vuela al tejado del vecino. Mira al cielo durante un instante y de un salto vuelve a la tapia. Dejo de mirarlo y pronto siento llover de nuevo. Miro por la ventana pero el mirlo ya no está. Se habrá ido, supongo. Ya escampa. Como un ritual, contemplo el cielo. El mirlo vuelve a estar sobre la tapia. Da varias carreras y vuelve sobre sus pasos. Lo contemplo durante largo rato. El cielo sigue jugando a regar la tierra del huerto de poco en poco y el mirlo desaparece con la lluvia y retorna a su sitio cuando escampa. No consigo ver dónde se esconde. Sólo alcanzo a verlo volar del tejado a la tapia y correr sobre las parras. Ha escampado otra vez. El mirlo vuelve a estar sobre la tapia, pero hace rato que ya no corre. Ahora apunta al cielo con su pico amarillo. Mueve un poco la cabeza, da dos pasos breves, indecisos, se detiene. De pronto ya no lo veo. Ha volado a esconderse en casa del vecino, tras la tapia. Quizá me ha descubierto mirando en la ventana y se ha asustado. No tardará en llover de nuevo.