El sol de de tenues rayos todavía no se asoma detrás de los olivos, pero la calle despierta clara y quieta. Hay un silencio frío, azul intenso, de complejo industrial en la estepa soviética. Sólo se oye, lenta, la piqueta de albañiles estoicos que mellan la pared de alguna casa. El frío es mil cuchillos en las manos. Poner en marcha el coche se vuelve una aventura. Voy subiendo la carretera, entre hileras de olivos, hasta salir a los trigales, ahora en verde barbecho. En el cielo hay una bandada de gaviotas que revolotean sin rumbo. Van hacia el norte, más tarde hacia el este. Me acompañan por toda la carretera. Giro las curvas, subo y bajo las jorobas del camino, mientras las gaviotas hacen círculos en el aire y trazan un extraño dibujo en el azul de diciembre. Ahora vuelven los olivos. He girado un par de curvas y he dejado atrás a las gaviotas. Ya no las veo sobre las primeras casas del pueblo vecino. Tras una rotonda vuelvo a la carretera y ellas aparecen sobre mí con su vuelo desordenado. Juegan al esconder sobre los bloques de pisos, en los polígonos de fábricas, tras las casas bajas encaramadas en un cerro. En la autovía volvemos a esta extraña carrera donde nadie gana. Las veo a lo lejos, de nuevo entre los campos verdes, más allá de las ciudades y las calles. Vamos sin rumbo, hacia allí, luego hacia allá. Me cruzo con ellas sobre el puente. Se pierden a lo lejos y entonces me despido sin saber, como no sé de las gaviotas, por qué larga vereda iré mañana hacia un destino extraño que no he visto.