Hoy hemos inaugurado La Copa del Meado, un blog literario en el que los señores Cerero, Buentes, Luisfer y un servidor escribimos acerca de un tema semanal. El tema elegido para abrir la competición es “el último café”. Aquí os dejo mi aportación, y os invito a que os paséis por el blog, donde tenéis la de mis compañeros. Votad por el que más os guste y decidid quién gana la Copa del Meado.

EL ÚLTIMO CAFÉ

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El presidente caminaba cabizbajo y con paso lento por aquella calle empinada. Hacía apenas un cuarto de hora que había salido del Congreso, después del pleno, como cada viernes. Pero esa tarde no quiso seguir su costumbre de regresar al palacio presidencial ni que el coche oficial lo llevara a algún otro sitio. Ni siquiera le había apetecido acompañar a la gente de su grupo parlamentario hasta la sede del partido.

El pleno de ese día había sido más largo y duro que cualquier otro desde que llegó a la presidencia. El líder del partido opositor había subido al estrado y le había echado en cara todos los males y problemas que acuciaban al país en medio de aquella horrible crisis que había dejado al Estado en la bancarrota y a cinco millones de personas sin trabajo y desamparados. Al salir del Congreso, una muchedumbre de personas esperaba al presidente para abuchearlo. Por eso decidió que aquel día lo mejor sería ir a dar un paseo sin rumbo, y volver a casa cuando se sintiese más aliviado o la noche no le ofreciera otra alternativa.

Caminaba despacio, entristecido por todo lo que había visto. Todavía sonaban en su cabeza las palabras del líder de la oposición, proferidas como bofetadas en la cara del Gobierno, atronadoras como grandes martillos en una roca a punto de romperse. Iba mirando al suelo sin poder evitarlo. En el asfalto mojado veía, como un fantasma, la imagen de esos cientos de personas en la puerta del Congreso, gritando coléricos, llamándolo de todo. Volvió a preguntarse si tendrían razón en aquellas cosas terribles que le decían. Ya lo había pensado cuando vio a la muchedumbre por primera vez. Ahora, como entonces, esa pregunta y la respuesta que le vino a la cabeza le hicieron esconder más aún la cabeza entre los hombros y seguir caminando de frente.

Empezó a callejear y al poco tiempo estuvo alejado de las calles comerciales repletas de luces navideñas. Caminaba cada vez más lento conforme se alejaba del gentío que le gritaba a él y de aquel otro que gritaba mientras salía y entraba de las tiendas, poseído por el hechizo de los escaparates y los mostradores. Bajaba ya por una calle empinada, cada vez más oscura, cada vez más estrecha, cada vez con menos tiendas y menos gente y menos gritos. Hoy veía sus días cuesta abajo, como aquella calle. Veía todo por encima de él, pero todo era cada vez más pobre, más sórdido, más oscuro. Pero, sobre todo, se veía a él bajando poco a poco hacia esas grandes tinieblas que nunca antes había visto.

Empezó a pensar en los meses primeros de su Gobierno. Eran días felices. Había alcanzado el puesto con el apoyo y el cariño de todos los ciudadanos, y el país era una floreciente economía que tenía cada vez más peso en la geopolítica planetaria. Hoy todos parecían despreciarlo y aquel pequeño país, que hace algunos años era uno de los pilares del mundo, hoy no importaba a nadie. “Ni siquiera a su Gobierno”, fue una de las losas que el líder de la oposición había tirado encima del indefenso presidente durante el pleno de aquella tarde.

Caminó durante más de una hora. Dejó atrás las calles céntricas, atravesó barrios modernos de largas avenidas y rascacielos grises y llegó a suburbios alejados, rodeados de fábricas, de los que nunca había oído más que la apertura de una nueva factoría o algún atropello con muertos y detenidos. Cansado de andar bajo una llovizna insistente, se detuvo en una calle oscura y mal asfaltada con camiones aparcados delante de naves industriales.

Aparte de tres o cuatro farolas, en toda la calle sólo brillaba la luz de un pequeño farol casi fundido sobre la puerta de un bar. El presidente vaciló un momento. Al final decidió entrara para resguardarse de la incipiente helada. Era una tasca minúscula y mal iluminada, con unas pocas sillas delante del mostrador. El mesero leía un periódico manoseado con el rostro de un jugador de fútbol manchado de café en la portada. Levantó la vista por encima de las páginas y vio al extraño comensal que acababa de entrar, con abrigo largo y zapatos castellanos. Dejó el periódico en el mostrador y lo atendió.

–Póngame un café solo, por favor –dijo el presidente con voz entrecortada por el frío y la tristeza.

La cafetera empezó a chillar y humear entre gorjeos, con su habitual complejo de locomotora. El presidente se sentó y miró a su derecha. Dos asientos más allá, un obrero de alguna fábrica cercana tomaba un cortado. El obrero devolvió la mirada. Era ya mayor, pero la cara tiznada y la barba de varios días le echaban más años de los que realmente tenía. Saludó al presidente con un gesto de la cabeza, y volvió a mirar al mostrador. Parecía no haber reparado en quién estaba sentado a su lado.

El presidente comenzó a sorber su café. Miraba al mostrador, pero de vez en cuando echaba una ojeada al obrero. La profunda tristeza de su mirada le había impresionado y conmovido. Se acordó de los años en los que el café le costaba ochenta céntimos y del revuelo intrascendente que aquella confesión provocó en un debate televisivo. Se preguntó si los obreros como aquél pagarían ochenta céntimos por el café, o cuánto hacía que no veían un precio así. Después de un rato, de nuevo se volvió hacia el obrero y, después de balbucear un par de palabras, le habló.

–Hace frío, ¿eh?

El obrero volvió la cabeza y lo miró, extrañado.

–De cojones –respondió, finalmente. Tendió la mano al presidente y éste la estrechó–. Me llamo Joaquín.

–Yo José María. ¿Trabaja usted por aquí?

–Sí. Bueno… no. Mire –le alargó un sobre al presidente. Llevaba el membrete de una conocida empresa que tenía su factoría en la zona–. Ábralo, no se corte.

El presidente abrió el sobre. Dentro había un folio amarillo con algunas huellas de grasa. Llevaba la firma del director. Arriba del todo rezaba con grandes letras la leyenda “CARTA DE DESPIDO”. El presidente miró al obrero, que asentía con la cabeza.

–Ya no trabajo, la verdad. Fíjese, a ver qué le digo yo a mi mujer y a mis hijos cuando llegue a casa. Menudo regalito de Navidad –sonrió un momento–. Y el Gobierno… el Gobierno no hace una mierda por nosotros.

El presidente bajó la mirada y se apoyó en la barra. Se había mareado de repente. La mirada del obrero se perdió de nuevo en las estanterías. También la del presidente. El vaso humeaba, empañado como los cristales del bar. Fuera, la llovizna comenzaba a convertirse en leves copos de nieve que danzaban en el aire, bajo la luz tenue de una farola mal sujeta en la pared de una nave.

En aquella calle mal asfaltada, en medio de ningún lugar, no había tiendas, ni luces de Navidad, ni niños gritando entre los escaparates. Sólo había una tasca de mala muerte donde un transistor viejo recitaba el parte de las ocho. El locutor hablaba del pleno de aquella tarde, de la intervención del líder de la oposición, de cómo había acorralado al presidente del Gobierno. A la crónica parlamentaria la siguieron las graves noticias económicas. Paro, quiebras, caídas de la bolsa. Dentro del bar, como si fueran ajenos a todo aquello que llegaba de un mundo muy lejano, el presidente y el obrero tomaban en silencio, mirando al mostrador, el último café de esos años brillantes que ahora se apagaban como el farol de la puerta de aquel bar.