Ya tenéis disponibles los relatos de la Semana II en La Copa del Meado. El tema de esta semana es el primer día en una ciudad nueva. Os dejo con mi aportación y con mi deseo -atrasado, que no menos sincero- de que paséis unas felices Pascuas con los vuestros.

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CALAIS LONDRES

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El tren de Dover llegó a la estación de Londres cuando faltaba poco para las diez. Tarde, como siempre. Maurice Marchand y su esposa, Marguerite, descendieron del último vagón con los pocos bultos que portaban consigo y pasearon una mirada inquieta por el andén repleto de sombras fugaces que surgían de entre la espesa nube de vapor. Se encapotaron con unas caperuzas negras para resguardarse de la lluvia que lagrimeaba por los resquicios del techo y las paredes y se mezclaron con la muchedumbre de fantasmas que se escurría hacia la salida entre jirones de neblina.

Caminaban con paso inseguro, agarrados de la mano, procurando no extraviarse entre aquel runrún impenetrable que resonaba en la estación. Al bajar del vagón habían oído un par de palabras en francés al vuelo, cette nuit, maison, demain, pero enseguida todo fue un gran babel indescifrable y les invadió un terrible desconsuelo y se apretaron las manos sin dejar de mirar al frente. Sabían que eso era cuanto les quedaba por delante.

Al fin, entre el vapor ya disperso, vislumbraron el arco enorme de la entrada. Miraron aquí y allí, pero no encontraron al hombre que esperaban. Maurice se palpó nervioso la chaqueta y los pantalones. Con las prisas había olvidado sobre la mesa de la cocina una cajetilla de Gauloises que aún estaba por la mitad. Se rebuscó en los bolsillos y, cuando consiguió reunir unos cuantos francos, se dirigió a la ventanilla de un estanco que había atisbado entre el bosque de cabezas danzantes. Repasó las cajetillas que había en el estante. No había Gauloises. Con desagrado, señaló una de color rojo que alguna vez había visto en la taberna del pueblo. “Combien ça coûte?”. El estanquero lo contempló extrañado. Maurice abrió la mano y le puso delante las monedas. El estanquero las examinó entornando un poco los ojos y empezó a negar con la cabeza mientras decía algo incomprensible. Maurice se guardó el dinero, hizo un vago gesto con la mano y se retiró, cabizbajo y sin tabaco, con su esposa.

Un hombre con bombín y levita negros los miraba desde debajo de un paraguas, en la puerta de la estación y se aproximó sonriente. No dijo nada, ni siquiera les preguntó quiénes eran. Sólo les saludó con la cabeza, cogió sus bultos y enseguida partieron en un coche. El hombre condujo deprisa por las calles empedradas del centro de Londres. Marguerite miró por la ventana, asustada por los tumbos del automóvil, pero no pudo ver más que algunas luces que brillaban leves y fugaces nubladas por una cortina de agua. Desde algún lugar cercano, con parsimonia, una campana repicó diez veces.

El coche se detuvo ante una casa de fachada oscura. El chófer se apeó, descargó los bultos y entró en el vestíbulo. Desde el vehículo, Maurice y Marguerite oyeron un parloteo breve y extraño amortiguado por el repique de la lluvia en la chapa. Luego la conversación cesó y se sobresaltaron cuando el conductor les abrió la puerta y sonriente los invitó a entrar en la casa.

En el vestíbulo había otro hombre orondo y de largos bigotes rubios y cara rosada que les sonreía y saludaba con cortesía. Les hablaba palabras que adivinaban amables aunque a ellos les sonaban terribles como una profecía del demonio. El cochero los acompañó a una habitación en el piso de arriba y allí los dejó solos. Mientras se despojaban de las capas empapadas aún oyeron charlar a los dos hombres en el vestíbulo. Enseguida el coche se alejó con un estruendo que se perdió en la calle estrecha y luego sólo fue el runrún de la lluvia en el tejado.

Marguerite se dejó caer en la cama y comenzó a llorar con la cara apoyada en la almohada. Maurice quiso decirle algo pero no encontró palabras. Se sentó en una silla desvencijada y miró a un rincón de la minúscula habitación. Junto a la lámpara moribunda había una vieja radio. Alargó la mano para prenderla, con el gesto abatido de saber que no iba a escuchar más que ese extraño galimatías insondable que les había perseguido desde que pisaron el andén de la estación y que ya no era sino todo su mañana.

Los palos de la silla crujieron cuando Maurice se incorporó de golpe y se volvió hacia su esposa. Marguerite había dejado de llorar y miraba ya a su marido, ya al transistor, con la sorpresa en los ojos enrojecidos. A través del altavoz, entre algunas interferencias, la voz clara del general De Gaulle repetía firme y entusiasta, pertinaz como la lluvia en el cristal del tragaluz: “Résistance, résistance, résistance”.