Una noche de invierno en mi jardín
bajaron los tres reyes. Sus coronas
brillaban sobre túnicas de lona
blanca y las gotas del guardavecino.
Abrieron chirriando cada cofre
en el silencio en vilo del relente.
Tiembla en la mano pálida un Oriente
y algún confuso sol que se alza sobre
palacios que una vez soñé despierto.
Dejaron al muchacho sus tres dones:
oro de días que ya están tasados;
la mirra amarga de saberse muerto;
que el humo del incienso me perdone.
Ya me esperan los reyes en el patio.

José Julio Cabanillas