Semana IV en La Copa del Meado. Esta semana escribimos sobre enterradores. Esperamos sus votos y sus comentarios. Aquí les dejo con mi aportación al concurso.

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LAS HORMIGAS

Enrique Benjumea se había convertido en uno más entre los cipreses que custodiaban las tapias encaladas del cementerio de San Antonio. Durante todos aquellos meses había aprendido, como ellos, a aguardar en silencio al incierto final, imposible de concebir, de algo que realmente, entonces como ahora, nunca supo qué era.

El joven Enrique había heredado el oficio de enterrador que hasta hacía poco había ostentado su padre, quien también lo había heredado del suyo, y así durante generaciones. Uno tras otro se habían ido enseñando a esperar de pie en la puerta del cementerio, junto a la tapia blanca y los cipreses, convertidos en otra sombra inmóvil recortada contra los cerros del campo ceniciento.

Así fue durante aquel verano, cuando sólo eran él y la pala y el sol inabarcable de la tarde y el canto de la chicharra, perezoso y cansino, como una marcha fúnebre. A lo lejos los veía venir, como un cortejo tragicómico. Daban tumbos como si fueran muñecos de trapo. Se escuchaban voces de mando como bramidos y a veces alguno rodaba por la cuesta después de que el capitán le propinara un puntapié. También estaban los días en que alguien se salía de la caravana y se despeñaba por el puente hasta caer, convertido en una masa de jirones de ropa, pelo y sangre, sobre la vereda de albero que antes fue de los enamorados.

Luego llegaban con una nube de polvo bajo los pies. El primer día, Enrique temblaba como un jaramago al viento, igual que muchos de los que vinieron. El segundo, quiso darse la vuelta, pero alguien le agarró la cara y le obligó a mirar mientras le mascullaba al oído: “Mira cómo caen los perros, que como no mires te vamos a reventar como a ellos”.

Al tercer día trajeron a su padre, el anciano Emilio, cabizbajo y sereno, con su gorra de siempre. En cuanto vio a Enrique, empezó a negarle con la cabeza, pero el hijo gritó, lloró, suplicó que lo soltaran y, cuando la fila estuvo formada ante la tapia, corrió a golpear con la pala a quien apretaba el gatillo, pero alguien fue más rápido y certero que él y la culata de un rifle lo tiró al suelo sin conocimiento. Despertó sentado, con la espalda sobre un ciprés, casi en el crepúsculo, manchado de su propia sangre y de la de los veinte cadáveres abandonados, que corría por el suelo. Buscó a su padre entre los rostros desfigurados por los golpes y las balas, pero no lo encontró. Se lo habían llevado, ya no sabría a dónde. Toda la noche fue un llanto sin consuelo.

Los días que siguieron en aquel verano de cosecha muerta fueron iguales hasta que ya apenas venían algunos en las marchas y al final dejaron de venir. Enrique no sabía por qué ya no llegaban, si iban a venir más o qué estaba pasando más allá de las tapias blancas del cementerio de San Antonio o del finisterre de los cerros amortajados de la campiña. Con el gesto imperturbable y estoico de escudero de almas frente a la muerte eterna, observó cómo cayó hasta el último de aquella caravana de hormigas. Todos sus días fueron mirar, entre entierro y entierro, los agujeros como testigos mudos en la tapia de la misma cal que había bajo aquél túmulo de tierra, en una esquina del camposanto, sin cipreses ni lápidas ni nombre.

La mañana en que miles de vecinos del pueblo peregrinaron como en una romería hacia el cementerio, Enrique esperaba de pie junto a la tapia y el camino. La gente lo observó de lejos y hablaba chascarrillos sobre él y su silencio y su cara seria como la del tronco de un ciprés por el que atagarran en hilera las hormigas. Por la puerta, atraído por el murmullo lejano de la marabunta, salió Manuel, su hijo, a quien había transmitido el saber del oficio.

Enrique se quedó en el vano del portón, observando a todos los vecinos. Unos limpiaban de polvo los nichos de sus muertos, otros traían flores, otros cuchicheaban sobre este o aquel nombre que leían en las lápidas, pues éste era un hijo puta muy gordo, y anda que aquél que persiguió a fulano y por eso lo pasearon.

El viejo enterrador fue paseando por las calles del camposanto, mirando las lápidas, distraido. Sabía, nicho por nicho, dónde estaba enterrado medio pueblo. Al fin y al cabo, le había tocado enterrarlos. También a algunos familiares y amigos. Y también a todos aquellos a los que había visto venir cada tarde de aquel verano aciago en caravanas lentas. Unos en nichos y grandes panteones, otros en medio de ningún sitio. Alguien había tirado al suelo y pisoteado unas flores que había sobre un gran féretro en mitad del cementerio. Era el del capitán que dirigía el batallón de la caravana de hormigas. Cuando el gentío pasó, Enrique puso de nuevo en su sitio las flores deshojadas.

La gente se arremolinaba en silencio en torno a una esquina del cementerio. La brisa de mayo arrastraba unas cuantas hojas de un naranjo que había sobre la tierra mal apisonada. Manuel esperaba a su padre, que venía lento por la vereda de cemento. Desde lejos, le hizo una señal con la mano, y el joven enterrador comenzó a cavar. Luego de un rato, la pala topó con algo duro y amarillento que se había hecho astillas por el golpe. Era un cráneo. Algunas mujeres habían empezado a llorar. Otro hombre rezaba en silencio, de rodillas. Alguien, de prontó, empezó a gritar al cielo, perros, canallas, que Dios os ajusticie.

La excavación transcurrió toda la tarde pero nadie abandonó el cementerio. Manuel estaba agotado de tanto cava. Algunos vecinos se habían ofrecido a ayudarle, pero incluso entre todos era colosal la tarea. En uno de los descansos que hicieron, Enrique avanzó desde detrás de la muchedumbre. Era ya un nonagenario enjuto con cara cruzada de surcos como el campo negro que durante décadas había sido su única estampa de horizonte.

Estupefactos, los vecinos que ayudaban a Manuel corrieron a detener al viejo, que había echado mano de la pala y pretendía bajar al agujero, pero su hijo los detuvo. Algunas mujeres le pedían que no lo hiciera, que estás muy mayor, mira que ya están los hombres haciéndolo. “¡Dejarme solo!”, gritó Enrique. Eran las primeras palabras que muchos, en su vida, habían escuchado del anciano enterrador. Nadie más dijo algo, y quien lloraba siguió llorando, y quien rezaba continuó con el rosario, y Enrique bajó al agujero, solo como siempre había estado, mudo como los agujeros en las tapias, y con paladas lentas y trabajosas empezó a echar a un lado la tierra y la cal que había cubierto sin fin a aquellas hormigas que, durante tantos años, recorrieron incesantes su alma oscura y llena de surcos como el tronco de un ciprés.