Tras un mes de parón por exámenes y otras razones, vuelve La Copa del Meado en su semana VII. A la sombra del tema de esta edición, que es una noche en la biblioteca, han surgido los textos de esta semana, a disfrutar de los cuales les invito, siempre con su voto por el que más les guste. Por mi parte, les dejo con mi contribución. Disfruten de ella y sean felices.

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LA OTRA VIDA

Hay una larga carretera que serpentea entre las lomas de olivares y tierra colorada y húmeda. La lluvia de días pasados ha dejado en el camino charcos que destellan en el claroscuro que dibuja el sol de marzo que brota entre nubarrones negros. Lejos, detrás de las lomas sombrías, brilla la piedra parda de las casas bajas en los pueblos.

Un hombre mayor conduce el coche mientras yo contemplo a través de la ventana los olivos que quedan atrás y luego los campos infinitos que quedan atrás y alguna pequeña aldea con viejos sentados en sillas de enea en medio de una plaza. Pan de pueblo, queso, tomate fresco y aceitunas.

La carretera da sus últimos coletazos. Al final, sobre una loma, se divisa una ciudad de cuento medieval y palacios de mármol y altos campanarios. El hombre y yo paseamos sin prisa por la calles estrechas, desiertas, empedradas. Miramos el mundo con enormes ojos de asombro escondidos tras las gafas de sol.

Ascendemos por una escalinata hacia una plaza en lo alto de una colina. Desde allí podemos divisar el cuadro barroco, ahora sol, ahora penumbra, de los tejados y las torres y las cúpulas de las iglesias y los campos verdes y los pueblos brillantes a lo lejos.

Me siento en un poyete de mármol y saco una pequeña moleskine. Paseo la mirada y la detengo aquí y allí, y voy haciendo anotaciones de esto y aquello, de lo que he visto desde el coche y en las calles de sombra. El hombre hace fotos y reclama mi atención. Me pide que pose. Me levanto las gafas, sonrío y miro a la cámara con el claroscuro del mundo a mis espaldas.

Vuelvo a mirar los tejados y las torres, y termino de escribir una frase que había quedado inconclusa. Observo las líneas del cuaderno con una sonrisa y pienso en la nueva historia que está a punto de nacer. De pronto alguien me llama otra vez. No es el hombre y su voz rasgada por años de whisky y tabaco. Vuelvo la vista a los lados. Los tejados y la plaza de mármol y el sol y las nubes son ahora una multitud de personas que se inclinan sobre grandes mesas bajo la luz gélida de los fluorescentes.

Delante de mí hay otra mesa, pero no está el cuaderno. Sólo un remolino de folios, un guión televisivo, algunas notas sobre periodismo de investigación, un libro de estructura empresarial de los medios. Levanto la vista y veo a J. que me mira con esa leve sonrisa cariñosa de madre atenta y entregada. “Despierta, quillo; te has vuelto a quedar sopa”.