Es Domingo de Resurrección y hace un día para ir a coger flores, dice mi madre mientras lava la ropa en el patio y canta coplas gastadas por los años, como la piedra de la pileta. Entre la brisa leve se enmaraña y asciende el olor a jabón de casa, y miro a mi madre y la veo joven, tendiendo camisas en el patio desconchado de nuestro viejo piso. Es sólo una sombra en la ventana entre las coplas del ayer y el naranja y ocre de la cocina en las tardes de merienda y primavera y power rangers en la tele y los amigos llamando a voces desde la calle. Es un domingo de luz y de borregos en el cielo, de olor a ropa fresca, de niños en la plaza, de amigos y fútbol y cañas en los bares. Es uno como aquél de hace nueve años, de una tarde azul que se refleja en los charcos de lluvia de todo un invierno, de encuentros y abrazos viejos en terrazas de la infancia. En casa de mi amigo estaba el mismo patio de los siete años inundado de luz como nunca más lo he visto. También estaba el balcón y aquella casa anciana de debajo, y la piscina vacía, cubierta con las hojas del limonero encorvado, doradas como el sol del abril primero. Nosotros hablábamos palabras nuevas mientras afuera aún bullía la pequeña romería de la mañana y una hilera de personas desandaba el camino como el sol tras los bloques lejanos, y volvía a andarlo hasta la plaza con claveles rojos en la solapa de los trajes. En mi patio de hoy está el perro dormitando y el canario que canta y la melena cana de mi madre y sus coplas de siempre, como la luz de las tardes del barrio, que vuelve a caer suave sobre el tejado y se cuela entre las nubes de lana que huelen a jabón de la abuela. Pásalo bien y ten cuidadito. Es la voz de mi madre mientras cierro la cancela, y luego sólo ese canto sereno y dulce de las coplas que perdura como la voz de un niño que mira el mundo en estos domingos de celebrar la vida como antaño.

[Música: Nicola Conte – Paper clouds]