Ésta es la primera entrega de mi reportaje sobre las Marismas del Guadalquivir. Pronto, más.

***

Es temprano y la Venta El Cruce, en las afueras de La Puebla del Río, se despereza con parsimonia, como la mañana lenta que surge tras la bruma. El gorgoteo de la cafetera ahoga el canto de unos pájaros y pronto un par de coches aparcan en la puerta. Somos pocos en el lugar pero no parece que haga falta mucha más gente. El camarero, con aire tranquilo, saluda a uno de los parroquianos que aún está en el quicio de la puerta.

–Buenos días, Manuel. ¿Qué te pongo?
–Ponme una copita de aguardiente seco, niño.

Ésta es la puerta del Sur y quienes aquí vienen son los centinelas de voz dura y áspera y surcos en la frente y en las manos, igual que el arrozal llegando mayo. El alma y la mirada de los hombres marismeños es gris y tiene grietas, como el campo que espera con paciencia el agua de la siembra y nunca sabe si al final llegará o si es vana la esperanza. Así se abre y se extiende la marisma, hasta un lugar donde la vista humana llegó tan sólo en cuentos y leyendas. Al sur del Sur, del monte hasta la mar, la vida sobre el hombre y sobre el tiempo.