Segunda entrega del reportaje sobre las Marismas del Guadalquivir.

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Nos encontramos en la Venta El Cruce, a las afueras de La Puebla del Río. Un lugar perfecto como punto de partida del viaje y también para tomar fuerzas con un buen desayuno antes de iniciar la marcha. Justo delante de la venta está la rotonda en la que la carretera que viene de La Puebla se bifurca y obliga al viajero a decidir entre dos caminos para ir a la marisma: el de los poblados y el de la Dehesa de Abajo.

El primero de ellos está concurrido a esa hora con coches que se dirigen a la labor en las Islas del Guadalquivir, de modo que lo dejamos a un lado y decidimos continuar de frente adentrándonos en la bruma de la mañana que aún no se disipa, que nubla el horizonte y tiñe el paisaje con una tenue luz añil.

El camino se convierte en una línea que demarca dos mundos, dos tierras enfrentadas como el Infierno y el Cielo. A la izquierda, insondables hectáreas de arrozales cuya extensión escapa a la vista con ayuda de la niebla. La tierra cenicienta y cuarteada que espera con paciencia el agua de la siembra se funde con el cielo en un lienzo grisáceo. Nada hay más allá de las cancelas, entre los almorrones. Un páramo desierto en el que la muerte ha secado la existencia hasta una nueva tregua que aún no llega.

La carretera, como un cortafuegos entre la vida y la muerte, ha impedido el avance de la tierra oscura. Al otro lado, en la margen derecha, el verde pugna contra la mañana gris y la luz apagada. Anchos prados caen sobre Las Colinas, las últimas estribaciones del altiplano del Aljarafe. Es la Dehesa de Abajo, un manto verde que se extiende entre el monte y la marisma, entre los pinares y los campos de arroz.

La hierba y las flores cubren el campo sin pudor. Hay un cercado cuajado de lirios y margaritas, con grandes manchas y pequeñas pinceladas de color, aquí y allá, como un gran tapiz impresionista. Dentro del cercado, una yegua y un caballo pastan con su potrillo. Se pueden ver volando por aquí y allí a los omnipresentes mirlos, pero también a las primeras garzas reales. Aquí la fauna local comienza a dar la bienvenida al visitante.

Hay también una antigua gravera que hoy es sólo ya una valla mal anclada y un edificio derruido. La hierba ha cubierto ya la grava y los hombres y las máquinas trabajando en la cantera no son más que una imagen polvorienta que ya nadie recuerda. Ahora una laguna preside la entrada y anuncia que el viajero está cerca del reino del agua. Las cigüeñas han convertido la cantera en su pequeño palacio. Posadas en sus tronos, sobre las torretas de electricidad, entre vuelo y vuelo, otean el rompimiento de gloria que es el amanecer entre la bruma, sobre el arrozal lejano.

Como Alicia a través del espejo, uno ya no sabe dónde acaba el mundo terreno terroso y dónde comienza ese otro de lagunas y almorrones, de vados y de arroyos. El viajero se hace a la idea cuando ve que, como en los sueños, se encuentra con algo extraño que desentona, que no debería estar ahí pero, no obstante, está. Algo como las cigüeñas de la gravera, que parece que nos hablan con el castañeo de los picos de leña, que nos saludan, nos dan la bienvenida y nos invitan a proseguir por el camino, a descubrir todo lo que hay por delante.

A partir de aquí todo es puro sueño, un mundo aparte. El camino sigue y sigue, se adentra en el paisaje y bordea más campos que, ahora sí, se van volviendo verdes a cada paso, en las dos riberas de la carretera. El agua aparece de repente y convive con la hierba omnipresente, en grandes lagunas que dejan al descubierto pequeñas isletas.

Pronto llegamos al comienzo de la reserva natural de Doñana. Así lo anuncia un cartel. Todavía queda mucho para llegar al Parque Nacional, pero desde aquí, y a pesar de que estas tierras pertenecen a propietarios particulares, existe protección de la fauna y la flora y veto a los cazadores, algo que, sin duda, es motivo de gran controversia entre éstos y los colectivos ecologistas y otros habitantes lugareños, como atestiguan las pintadas en favor y en contra de la prohibición que pueden verse en las paredes de los transformadores de la luz que hay a lo largo del camino.

A partir de aquí, dejando a un lado los arrozales, la marisma es una gran extensión de cercados entre los que discurre el camino, ya de tierra y grava. La única referencia que la vista encuentra en el horizonte es la Casa de Bombas, un gigantesco edificio que alberga motores de riego para bombear, canalizar y administrar el agua que inunda los campos en época de riego y de cultivo. Más allá, difusas entre los últimos jirones de bruma, se divisan algunas naves y cabañas desperdigadas. A lo lejos, ya casi indescifrables, las casas bajas de los poblados de colonos.

Aunque la principal actividad de esta zona es la agricultura -basada en el arroz-, numerosos propietarios destinan los terrenos a la crianza y el pastoreo de ganadería bovina. Antes de llegar a la Dehesa de Abajo, se pueden ver algunos pequeños cerrados con reses, aunque en la marisma crece considerablemente el número de espacios dedicados al ganado, así como el número de ejemplares que hay en cada uno.

Desde la senda, el viajero puede contemplar las grandes manadas pastando aquí y allí, mientras las garzas reales aparecen en el vuelo y en la tierra, con ubicuidad. El paisaje y el momento merecen un alto en el camino. Aunque los cercados se sitúan en vetas -lugares levemente más altos que el resto, ajenos a las inundaciones del terreno-, las abundantes lluvias del invierno han dejado tupida vegetación e incluso charcas, y la brisa arrastra un perfume a hinojo y a salitre que hay que aspirar con calma.

Las vacas y los toros no tardan en percatarse de la presencia de extraños, y tan pronto se asustan y se alejan, normalmente espantados por las voces, como se sienten curiosos y deciden acercarse a mirar, todos juntos, al principio desde lejos, luego un poco más de cerca. De todos es conocido que el toro -quizá más la vaca, especialmente las paridas- es un animal al que hay que tener todo el respeto del mundo, más en el campo que en una plaza. No obstante, cuando se le tiene delante, cuando el hombre y el toro nada han de temer el uno del otro, sólo esperar simple admiración curiosa, más allá de la veneración hierática, contemplar a una de estas manadas se aleja del espectáculo y el mito que normalmente rodea a esta especie y muestra al toro tal como es, su verdad al descubierto, su mirada honda y el mugido sordo lanzado al infinito. La mansedumbre y nobleza del que nada teme al saber que aquél al que enfrenta ningún mal va a dejarle.