Un amigo me ha contado esta tarde que quiere escribir una novela. Quiere escribir una historia de su barrio, un relato descarnado sobre la derrota y la pérdida. Pensaba en ello mientras volvía a casa, sobre el puerto tranquilo y solitario, con las luces salpicando el Aljarafe como estrellas dispersas y lejanas. De pronto recordé que yo también me propuse una vez escribir una historia en tono de humor con mi barrio como escenario. Eso fue hace muchos años, cuando escribía cosas infumables de verdad, pero luego, en uno de esos raros pero oportunos golpes de clarividencia que Dios a veces me concede, decidí abandonarla cuando sólo llevaba escritas un par de páginas, las cuales, por suerte para la humanidad, andan perdidas por cualquiera sabe dónde. Conduciendo de camino a casa, me pregunté -tranquilos, no porque lo piense hacer, sino por simple curiosidad- si realmente sería posible escribir una historia humorística de un barrio, con risas y chistes y personajes cómicos y anécdotas graciosas, acaso como contrapunto a esa otra de mi amigo. Recordé el barrio que un día quise retratar, y a continuación pensé en el de ahora, y en cómo ha cambiado y en todo lo que ya no está y en todos los que se han marchado y en todo aquello que sobre la pérdida y la ausencia y la muerte me ha enseñado la vida a través del barrio. Pensé en que cada vez que piso esas calles me siento más extraño, y en que, cuando me dio aquel golpe de lucidez, Dios ya sabía que hay cosas que no se pueden hacer. Que, por más que todo cambie, la única historia que no tiene vuelta de hoja es la que Él escribe.