Quinta y última entrega del reportaje sobre las Marismas del Guadalquivir.

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Más allá de los campos cenicientos, las garzas, las aguas y las vacas que pastan entre hinojo en los cercados, crece el alma milenaria de los pinos enhiestos, alzados sobre el tiempo, centinelas del campo y de la historia. Los pinares de Aznalcázar, a las espaldas de la Dehesa de Abajo, como un paraíso a la vista, pero oculto ante el trasiego que no permite torcer la vista y visitar lugares que abandonen la senda.

Este monumental bosque de coníferas de edad inmemorial se extiende desde el término de La Puebla del Río, lindando con el humedal de la marisma, hasta las estribaciones del norte del Aljarafe, a lo largo y ancho de más de 2.300 hectáreas de espacio natural protegido que no sólo incluye pinos piñoneros, sino encinas, alcornoques, pinsapos y diversas especies de matorral. Entre la fauna existente, además de la típica -mirlos, ardillas, jilgueros, abejarucos- se encuentra una importante colonia de milanos.

Es un rincón poco conocido por la gente de los municipios cercanos, a pesar de estar a poca distancia de la capital y de contar con abundantes y bien acondicionados espacios para acampar y hacer barbacoas. Esta ausencia de gente es lo que da atractivo a este lugar, aunque ello no quiere decir que esté mal comunicado o aislado.

A los pinares se accede de forma cómoda, tomando el camino de la Dehesa de Abajo desde la Venta El Cruce, y luego la bifurcación antes de entrar en la Dehesa. A través de una carretera no muy ancha pero bien asfaltada, el viajero pronto se encuentra rodeado de pinos altos y robustos como torres, ya en una penumbra infranqueable, ya en un claro abierto junto al que pastan y retozan venados bravos y sobre el que vuelan cigüeñas y milanos.

El camino pedregoso continúa adelante, sobre puentes que sortean arroyuelos, con grietas profundas de siglos, ascendiendo hacia lo más alto del cerro, sobre un mar de pinos que lo cubre todo como olas verdes y oscuras que se pierden más allá de donde alcanza la vista. Uno puede aparcar el coche en el mismo camino -un cortafuegos- y descender por cualquiera de los senderos que crearon el tiempo u otros pasos ya extraviados, o bien inventar uno nuevo a través del cual llegar al final de una de las muchas gargantas rodeadas de colinas que suben y bajan sin fin.

Ascender al cerro es subir a los cielos y divisar desde arriba aquello que es veinte veces mayor que el hombre. Bajar a las gargantas, al pie de los pinos, es conocer la verdad del mundo en sus raíces, que desde allí se yergue sobre el tiempo y sobre el ruido, sobre la mano humana que reniega de ella y le da la espalda y no regresa. Y volver a esa garganta que es la cuna del ser, a esas charcas donde la vida salta encarnada en renacuajos, es entender que el omega está en la cima de un cerro sobre el que vuelan las nubes, y que el alfa está en las raíces de un pino, al pie de un matorral, por donde discurre un arroyuelo tímido, de agua que brilla con colores, iluminada y teñida por la savia de los árboles que encierran el misterio que es la vida.

Allí se encuentra el devenir del tiempo. Allí se entiende lo poco que es un hombre y qué oculto y cercano queda todo, tan sólo algunos pasos por delante, detrás de un matorral que nos parece tupido, infranqueable, y sin embargo se aparta si avanzamos hacia él.

Allí concibe uno ese misterio que es el de comprender que el mundo entero es uno y que nosotros somos parte de esta fiesta que Dios ha preparado. Concibe uno el canto de los pájaros y la corteza dura de los pinos como algo que está aquí, como nosotros, como algo que hay que amar como lo vemos. Y no lo digo yo. Lo dice el viento, que habla con la voz suave y lenta que traducen las ramas de los pinos, centinelas del tiempo y de la historia.