(…) Si se descuidan las Humanidades, o sea, el conocimiento de la persona, se cometen muchos errores. Que, al final, siempre se vuelven contra las personas (…).

Es un argumento un poco utilitarista, ciertamente. Pero ya está bien de que nos digan que las Humanidades no sirven para nada. Lo que no se sabe bien es para qué sirve todo lo demás sin Humanidades, sin ese conocimiento profundo, certero, del ser humano y su cultura, y sus culturas.

Claro que son más bonitas consideraciones sobre la lectura, las artes y la música. Claro que es importante hacer ver todo lo que se pierde quien no aprecia estas manifestaciones de lo humano. Claro que es esencial que se eduque para la lectura y para el arte. Porque, en el fondo, todo es leer, es decir, descubrir el sentido que late en el texto (que late, que está latente, o sea, que no es patente, que no es aquello que lee quien no sabe leer, quien sólo lee las palabras y lo que dicen, no lo que esconden -y, a la vez, manifiestan: ¿ves como esto de leer es un arte?). Porque eso hacen los textos, y también las obras musicales, los cuadros, las esculturas, las representaciones teatrales, la danza o el cine. Y eso hacen también los paisajes, las ciudades, las calles, los centros comerciales, las estaciones, las carreteras, las viviendas de los ricos y de los pobres y de los inmigrantes y de los de aquí de toda la vida. Y, sobre todo, las personas con sus rostros, con sus gestos, con sus voces, con sus miradas. Todo es “texto”, es mensaje que necesita ser leído, bien leído. Quien no sabe hacerlo queda siempre en la superficie, en el tópico, en la banalidad, en la repetición de lo que algún otro ha dicho.

Ésta es la importancia de las Humanidades: nos hacen “no manipulables”, porque no necesitamos repetir como loritos lo que dicen otros, porque sabemos leer, leer entre líneas, es decir, “inter-legere”. ¿No dicen que ésta es la etimología de “inteligencia”?

[Enrique Banús, en el prólogo de Textos para la Formación Humanística, de Alejandro Llano, Manuel Casado y Jaime Nubiola, Fundación Altair, Sevilla, 2011]