Es otra noche más conduciendo de vuelta a casa por las mismas carreteras de siempre, con algo más de tráfico, por eso de ser viernes. En la carretera del pueblo, como de costumbre, sólo hay algunos coches que se cruzan y deslumbran un instante y luego siguen. Su luz es como cualquiera de estas noches: fugaz y a veces cegadora, siempre de paso.

En la carretera hay una cuesta, un tramo recto en el que todo es mirar al frente y no a los lados, como en las curvas del resto del camino. Al llegar al final de la cuesta miro hacia arriba. He visto una luz, no sé si de una farola, de un avión o de los focos de un club de alterne que hay un par de pueblos más allá, y que se suelen ver si se mira en esa dirección.

Ninguna de esa cosas. De refilón he visto una estrella, y al mirar he visto otra, y otra, y otra. Veo un cielo estrellado, y la sorpresa se la lleva la rotonda y otra curva que acaparan de nuevo mis ojos. Llego a casa y la luz del patio está encendida: es mi hermana que sale a recibirme, y luego entra en casa y deja la puerta abierta.

Apago la luz y miro al cielo: hay un millón de luceros que centellean, como ventanas lejanas repletas de vida. Brillan y se apagan y destellan juntas, como accionadas por un mecanismos mágico, como en los belenes de la infancia, donde el cielo era un papel azul brillante con puntos blancos y luces que se encendían y apagaban al unísono, en un ritual armónico.

Miro hacia arriba y todo se mueve como si, de pronto, sintiera la Tierra girar bajo mis pies y yo con ella. Giro y giro y miro siempre arriba, aquí y allí, perplejo, sonriente, embelesado, las luces de colores -blancas, verdes, rojas- y las formas de las constelaciones. Me pierdo en los destellos y me pregunto por qué Dios me regala este cielo estrellado como nunca he visto, este sentirme nuevo, como un niño, mirando las estrellas, sonriendo.