Es un atardecer de julio y en La Alameda los camareros corren sobre la solería ocre, de una mesa a otra, y por La Barqueta se oyen ya los últimos gritos de chiquillos en las atracciones y la Ciudad entera bulle de gentío, como fogueada por la canícula del día, bajo una luz carmesí.

El sol que se oculta allá a lo lejos, detrás de los pabellones y las fuentes y los jardines, más allá de las lomas del Aljarafe, es ahora el misterio de cada ocaso de verano y la música que acompaña una nueva despedida y cierra el telón de la nostalgia de otros días en las avenidas de La Cartuja, en esta isla siempre mágica.

Una maleta vacía espera al regresar a casa. Hay que escoger la ropa para el viaje y mejor incluir unos pantalones de algodón, frescos, para el tiempo. En el armario hay un par de ellos, de hace muchos años, quién sabe si aún de la talla adecuada. Al probarlos, algo dentro del bolsillo atrae la mano como un anillo de poder.

Es la magia de la vida que vuelve a la vida después de veinte años, a la sorpresa de un niño de cinco años ante el misterio de estas tardes de verano en una isla infinita, en una ciudad eterna, que siempre será suya -ahora ya lo sabe- allende los días, allende los viajes.