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Viernes de Dolores. Llueve sobre Sevilla. La primera, en la frente. Tras el invierno más seco que los viejos del campo recuerdan desde aquellos años de la sequía, toca, como ya es más habitual, lluvia en Semana Santa.

Ya lo dijo alguien en el twitter esta tarde: San Pedro será muy santo, pero poco cofrade. No me extraña. De hecho, no son pocos sevillanos los que repiten eso de que, si Nuestro Padre Jesús del Gran Poder pudiera soltar un momento la cruz, se liaría a latigazos como con los ladrones del templo e iba a dejar La Campana sin un alma.

“Hace 40 años no había en la Carrera Oficial ni la mitad de cofradías que hay hoy”, me comentó hace unos días un mayor mío. “Y, por supuesto, nada de Cautivos del Polígono, ni Cerros del Águila ni alguna otra cofradía de barrios peleándose con el Consejo por ir a la Catedral”, me dijo.

Hoy las hermandades periféricas afloran como la primavera que ya brota en el azahar de los naranjos del Centro, y ya vemos a muchos cofrades de jóvenes hermandades -en algunas de ellas, los pasos aún son de madera desnuda- llorando porque su Cristo y su Virgen no van a ver la calle.

La penitencia primigenia que daba sentido a las procesiones de imágenes cofrades ahora reside en la lluvia que impide que podamos portar a hombros a nuestro Señor y su Madre por Sevilla, y, al contrario, ese mismo hecho de vestir de nazareno -no hablemos ya de los trajeados y envarados miembros de honor de la hermandad- ha convertido la estación de penitencia en una estación de deleznable orgullo.

El cofrade es un sentimiento fuerte, tanto más en esta ciudad tan dada al aplauso, a lo cursi, a lo barroco y tramoyesco, al espectáculo fácil y a soltar un “ole” en cuanto se tiene ocasión, y acaso sin tenerla. De ahí el llanto. Pero cuanto más veo a muchachos y viejos llorando en la puerta de un templo por no poder lucir las imágenes de nuestro Señor y nuestra Madre, menos puedo evitar acordarme de aquellos fariseos de Mateo 6, 5-6, que practicaban su fe a la vista de todos, con gran ostentación.

(…) Si se descuidan las Humanidades, o sea, el conocimiento de la persona, se cometen muchos errores. Que, al final, siempre se vuelven contra las personas (…).

Es un argumento un poco utilitarista, ciertamente. Pero ya está bien de que nos digan que las Humanidades no sirven para nada. Lo que no se sabe bien es para qué sirve todo lo demás sin Humanidades, sin ese conocimiento profundo, certero, del ser humano y su cultura, y sus culturas.

Claro que son más bonitas consideraciones sobre la lectura, las artes y la música. Claro que es importante hacer ver todo lo que se pierde quien no aprecia estas manifestaciones de lo humano. Claro que es esencial que se eduque para la lectura y para el arte. Porque, en el fondo, todo es leer, es decir, descubrir el sentido que late en el texto (que late, que está latente, o sea, que no es patente, que no es aquello que lee quien no sabe leer, quien sólo lee las palabras y lo que dicen, no lo que esconden -y, a la vez, manifiestan: ¿ves como esto de leer es un arte?). Porque eso hacen los textos, y también las obras musicales, los cuadros, las esculturas, las representaciones teatrales, la danza o el cine. Y eso hacen también los paisajes, las ciudades, las calles, los centros comerciales, las estaciones, las carreteras, las viviendas de los ricos y de los pobres y de los inmigrantes y de los de aquí de toda la vida. Y, sobre todo, las personas con sus rostros, con sus gestos, con sus voces, con sus miradas. Todo es “texto”, es mensaje que necesita ser leído, bien leído. Quien no sabe hacerlo queda siempre en la superficie, en el tópico, en la banalidad, en la repetición de lo que algún otro ha dicho.

Ésta es la importancia de las Humanidades: nos hacen “no manipulables”, porque no necesitamos repetir como loritos lo que dicen otros, porque sabemos leer, leer entre líneas, es decir, “inter-legere”. ¿No dicen que ésta es la etimología de “inteligencia”?

[Enrique Banús, en el prólogo de Textos para la Formación Humanística, de Alejandro Llano, Manuel Casado y Jaime Nubiola, Fundación Altair, Sevilla, 2011]

Ha conquistado el hombre, en la era tecnológica, una inmensa capacidad de satisfacer necesidades, de intensificar desarrollos. Pero es una capacidad ambivalente: lanzable hacia el abismo del «bienestar» (la sociedad montada sobre el principio del placer, que le roba al hombre la razón de vivir, que beligera contra la autenticidad del hombre concreto), o impulsable hacia el horizonte del bienser (la estructuración social abierta a objetivos de elevación de lo humano, destentadora de negatividades, en la que el hombre concreto puede realizarse libremente sobre valores que estrena o que asume).

[Jesús Arellano, La existencia cosificada, Ed. Universidad de Navarra (EUNSA), Pamplona, 1981]

Este año, en vez de escribir el típico post de Nochevieja, escribo el no sé si muy o menos típico post del día de Año Nuevo. Sí, voy tarde, porque me gusta mantener las buenas costumbres.

Ya que me salto la pequeña tradición de los tres últimos años, quiero aprovechar para hacer algo diferente y no felicitaros a vosotros, sino felicitarme a mí mismo, y para eso voy a dar las gracias a todos los que me han regalado algo este año.

Gracias a Paco Torres y todos los compañeros de El Correo de Andalucía, por todo lo mucho que me han enseñado como periodista y como persona, entre ello el complicado e inusual arte de tener una paciencia infinita.

Gracias a mi querido Gregorio también por lo anterior, pero elevado a la enésima potencia de todos los días, y por ser mi segundo padre. Y gracias a Juan Antonio por los buenos momentos de aventuras periodísticas, que no serán los únicos.

Gracias a María José, Judith y Cristina por demostrarme que hasta en los peores lugares hay gente buena que mitiga el castigo diario de tener que entrar en tales sitios.

Gracias a Boris, Pablo y Charlie, por ser tres espejos periodísticos en los que me miro cada día y por ser más exquisitos como amigos que como anfitriones, lo cual ya es en extremo difícil.

Gracias a María por las conversaciones de una hora y todo lo bueno que traen, y por la confianza que me da y me deja darle.

Gracias a Anarina, por darme la certeza de que también las personas a las que no se conoce de nada hacen cosas increíbles por uno (y gracias por haberlas hecho).

Gracias a Lien, Kopi, Eraser Rocío y Analía por haberme dado la alegría de haberlos sacado de sus avatares en mi timeline del twitter. También a Javi, por lo mismo y por haberme cedido uno de los mayores testigos de mi vida.

Gracias a Jesús, mi tocayo favorito, por los conciertos, las pelis en su casa y los consejos literarios. Gracias a Rocío, Enrique y toda la gente de Númenor por el rito mágico de los recitales y la prórroga en los bares. Y gracias a José Julio por iluminarme y enaltecerme la vena periodística.

Y, por supuesto, muchas gracias a Pablo, Juanjo, Roci, Ismael, Juan y Lola por ser la luz en las tinieblas y ser el ejemplo hecho carne de qué es un amigo verdadero.

Gracias también a todas las demás personas que a menudo comparto muchas horas y no tengo el espacio ni la memoria para nombrar, y también, cómo no, a todos los que leéis este blog. Gracias a Dios por todos ellos, por la familia que me ha dado y por las de mis amigos, que son también las mías. Gracias por todas las alegrías y regalos del año ya cerrado y por todas las que tienen que venir.

A todos vosotros, besos y abrazos. Que tengáis un feliz año 2011.

Música: Miguel Migs – The one.

“Tú no has tenido infancia”, me repiten,
y es cierto lo que dicen. Yo no tuve
películas de Disney, ni los Goonies
pasaron por mi tele, ni he leído con Bastian
los libros de la Historia Interminable.
Nunca he visto jugar a Cantona
ni recuerdo aquel juego de las chapas.
Fui muchacho de no salir de noche
pero no disfruté de libros o películas
o de sueños dorados de casi veinte años.
Ya soy un niño grande y extraviado
que no sabe su nombre ni su origen.
Ahora que es difícil labrarse un buen futuro
-el único camino que me queda-
busco ciego una luz, una certeza,
y sólo encuentro gente que me dice:
“tú no has tenido infancia”. Me condenan
a esta burla de siglos y me quedo
en este cuarto oscuro, tan niño despojado
de sus días, jugando con mi sombra,
inventándome historias que nadie más conoce.

28-XI-2010

El que da vida a esto…

Jesu, Heraldo Mayor del Reino del Arrozal del Guadalquivir.

… y se enfanga en esto otro

Erudición y luces

Letras: Antoine de Saint-Exupery - El principito

Música: (Nu) Jazz + Bossa Essentials (lista de Spotify)

Anales

Pinacoteca Nacional del Reino

Carmen

Carmen

Luz

Amanecer en el puerto

Villanueva del Río y Minas

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