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Viernes de Dolores. Llueve sobre Sevilla. La primera, en la frente. Tras el invierno más seco que los viejos del campo recuerdan desde aquellos años de la sequía, toca, como ya es más habitual, lluvia en Semana Santa.

Ya lo dijo alguien en el twitter esta tarde: San Pedro será muy santo, pero poco cofrade. No me extraña. De hecho, no son pocos sevillanos los que repiten eso de que, si Nuestro Padre Jesús del Gran Poder pudiera soltar un momento la cruz, se liaría a latigazos como con los ladrones del templo e iba a dejar La Campana sin un alma.

“Hace 40 años no había en la Carrera Oficial ni la mitad de cofradías que hay hoy”, me comentó hace unos días un mayor mío. “Y, por supuesto, nada de Cautivos del Polígono, ni Cerros del Águila ni alguna otra cofradía de barrios peleándose con el Consejo por ir a la Catedral”, me dijo.

Hoy las hermandades periféricas afloran como la primavera que ya brota en el azahar de los naranjos del Centro, y ya vemos a muchos cofrades de jóvenes hermandades -en algunas de ellas, los pasos aún son de madera desnuda- llorando porque su Cristo y su Virgen no van a ver la calle.

La penitencia primigenia que daba sentido a las procesiones de imágenes cofrades ahora reside en la lluvia que impide que podamos portar a hombros a nuestro Señor y su Madre por Sevilla, y, al contrario, ese mismo hecho de vestir de nazareno -no hablemos ya de los trajeados y envarados miembros de honor de la hermandad- ha convertido la estación de penitencia en una estación de deleznable orgullo.

El cofrade es un sentimiento fuerte, tanto más en esta ciudad tan dada al aplauso, a lo cursi, a lo barroco y tramoyesco, al espectáculo fácil y a soltar un “ole” en cuanto se tiene ocasión, y acaso sin tenerla. De ahí el llanto. Pero cuanto más veo a muchachos y viejos llorando en la puerta de un templo por no poder lucir las imágenes de nuestro Señor y nuestra Madre, menos puedo evitar acordarme de aquellos fariseos de Mateo 6, 5-6, que practicaban su fe a la vista de todos, con gran ostentación.

Semana VI en La Copa del Meado. Esta semana nuestros textos tienen 2020 como tema común. Os invitamos a que los leáis y, cómo no, a que nos dejéis vuestros comentarios y, por supuesto, los votos que decidirán el ganador de esta nueva copa. Ahora os dejo con mi aportación para esta semana. Espero que os guste.

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RIVERSIDE

El río fluye sereno en esta época. Lo recuerdo así desde que lo contemplé por primera vez, cuando era un renacuajo. Tampoco pierde ese color turbio y espeso, como un gran caldo parduzco condimentado con la miseria de los hombres que fluye sin fin hacia ninguna parte. Me pregunto qué diría este río si pudiera hablar, qué historias oscuras de siglos lejanos y olvidados narraría. Pero el tiempo de la magia dejó de brillar hace muchos años, no se sabe ya cuándo, y y no queda alguien que cuente historias. Tal es la desmemoria de los hombres en este tiempo oscuro en el que nadie recuerda ya su propio nombre.

Je, je, recuerdo cuando llegó el año 2001 y un hombre, recostado en el asiento de su viejo Renault 12, me decía: “Ea, pues ya está aquí el 2001, y yo no he visto naves espaciales ni extraterrestres andando por la calle ni na de na”, y yo miraba a la vieja fachada de ladrillo del colegio y a la marabunta de niños que gritaban y corrían, y él sentenciaba: “¡Aquí na má que hay mierda!”.

Je, je, je, pobre. Si hubiera visto en qué se ha convertido todo. Pero él tuvo más suerte que los demás, y Dios lo recogió pocos años después de aquello. Algunas veces me acordaba de esas palabras suyas, y las tomaba como una frase hecha, como cualquier otra muletilla, pero al tiempo comencé a mirar el mundo con otros ojos y entendí qué era lo que realmente había querido decir. Pero para entonces el hombre ya se había ido. Quizá estaba ya cansado de ver tanta mierda. Por eso seguimos todos nosotros aquí, porque no nos hartamos de esa mierda cotidiana que es este mundo.

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Los países extranjeros acosan a España por el altísimo déficit nacional. La noticia se está comentando únicamente en el plano económico, como es lógico, aunque mentiría si niego que este bullying de mercado de valores me recuerda más a una regañina de patio de colegio, entre compañeros de clase, acaso con las burlas y el señalar con el dedo típicos de los colegiales.

Los países extranjeros increpan a España, le apuntan con el dedo y se ríen. Le reprochan todo lo que ha hecho, la mayoría de ello malo, y se burlan de ella. La llaman impostora, farsante. Le ponen enfrente el peor de los espejos, el de la verdad dicha por boca ajena. Ahí están los vecinos que ven y dicen todas esas cosas que España misma no quiere (parece que ni siquiera puede) ver ni decirse a sí misma. De la calle vendrán y te meterán las cabras en el corral.

España es un país de mierda, y siempre lo ha sido. Que estemos en el siglo XXI y llevemos 25 años en la Unión Europea no quiere decir que hayamos dejado -o vayamos a dejar- de serlo. España ha sido siempre un país de zánganos y listos, de vividores y farsantes. Un país barroco, de pura fachada. Un país donde antes robaban los castellanos con el conque de los gitanos y ahora se sustituyen a los calós por rumanos -ya ni los refranes se respetan-.

Ya no nos acordamos de los años de la posguerra, de los trenes del exilio y la emigración, de Alemania, Suiza, Holanda. Hoy vemos una foto de los negritos de África jugando con una pelota hecha con un ovillo de harapos y decimos que qué lástima, pero ya no recordamos que hace no tanto rodaban estas pelotas por las calles de pueblos españoles que hoy están embellecidas por obras de -y gracias a- los fondos FEDER y con casas construidas con ese pan y agua eterno y esencial, casi divino, del PER.

Ya hemos olvidado todo esto que malvivimos hace apenas cuatro décadas mal contadas. Vaya por Dios -¡válgame San Vacío, una expresión religiosa!-, en España, patria madre de la memoria histórica cacareada a bombo y platillo. Memoria para según qué cosas, interesada como los españoles, a los que sólo les interesa lo que les interesa. Ya se sabe: de lo que me gusta me harto.

Así somos y así es España, un país de pobres hartos de pan. Unos tiesos, que decimos en el Sur. Nos hemos arrimado a los ricos y hemos visto que nos invitaban a sus banquetes, a su fiesta de democracia bien entendida. Nosotros, que siempre hemos tenido apenas para salir del paso diario, vimos el dinero europeo y nos volvimos locos. Renegamos de nuestra condición y entonces empezamos a derrochar, a poner bonita la casa, a mirar por encima al resto del mundo y a querer codearnos con los vecinos de la jet-set que luego reían nuestra ridícula pose de creernos lo que nunca hemos sido ni seremos.

Y ya se sabe que las vacas gordan al final siempre flaquean o mueren. Y hénos aquí, tiesos como siempre, pero con la desdicha del eterno pobre que de repente, sin saber cómo, fue rico y luego fue pobre, que ya se sabe que el primer paso es muy fácil pero el segundo es de morirse de asco. El tiempo nos ha puesto en nuestro sitio, y ahora, en vez de aceptar de una vez nuestro sino, todo es llorar y querer llevar de nuevo el tren de vida que no nos corresponde.

Pero ahora no están nuestros vecinos para seguir invitándonos al banquete. Nosotros somos como esos nuevos ricos que llegan al barrio como unos intrusos. Nos admitieron en un club cuyas reglas nos venían grandes y ahora que lo hemos puesto en peligro nos hemos dado cuenta -o quizá no- de que en este vecindario europeo no hay don Quijotes que nos ayuden a desfacer nuestro entuerto.

Sólo hay vecinos que ahora ya no son vecinos, sino extranjeros, que señalan con el dedo nuestra culpa y nuestras vergüenzas, nuestro afán por ser lo que nunca hemos sido, nuestro fracaso, nuestra miseria, mientras nos preguntan con cara de inquisición aquello que piensan todos y cada uno de los españoles: y ahora, ¿qué?

[Post original en Sin futuro y sin un duro]

El sevillano que no ha escuchado setecientas veces que “Sevilla es barroca” es que nació ayer por la tarde. Y no por mucho escucharla, esa ya casi muletilla deja de ser verdad. Ciertamente lo es hasta la más pura de sus esencias. Sevilla es barroca de exagerá. De la calor desde marzo a noviembre, de las sequías sin fin y también de las repentinas trombas de agua en el invierno y acaso también en agosto.

Sevilla es barroca de claroscuros, más intensos cuanto más otoño. Barroca de oros, bronces y cenizas. De la luz y la sombra a cada instante, de lo nuevo e ignoto que aflora entre lo viejo y cotidiano con cada paso, de la sorpresa del forastero y la del viejo arraigado.

Sevilla es barroca por pura apariencia, y esto por encima de todo su barroco ser, igual que el decorado de policromía brillante reviste y esconde las miserias del yeso y el cemento corroído. Todos los días es Sevilla un gran escenario de oro, a veces sólo ocre latón, donde nada parece como es y cada cual representa su propio guión con una impostura que cabalga entre lo trágico y lo cómico, entre la ciudad de la guasa y la pobre ciudad.

Sevilla es una gran mascarada hasta en el compadreo cotidiano, hasta en esa conversación entre dos amigos en la que uno, con guasa, tacha a otro de pijo y el otro le responde al uno que de pijo tiene sólo la P, que coincide con la letra inicial de su nombre. Y al uno le sale del alma responderle lo único que en ese momento sabe y puede decir: “Compadre, eres auténticamente sevillano: eres pura fachada”.

Un taquito de apenas cuarenta páginas encuadernadas condensa casi cuatro meses de periodismo de investigación, leyes, documentos, lecturas, búsqueda de fuentes, llamadas, entrevistas, pateos por las calles, más llamadas, seguimiento -literal-, asalto de edificios, confidencias, contradicciones, mentiras y las verdades que surgen entre la prosa periodística de cuatro manos que son dos. Esperanza y constancia, como en un embarazo, pero los largos meses de esfuerzos los recompensa el último momento, con la alegría de tener en mis manos éste que ya es mi primogénito.

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El que da vida a esto…

Jesu, Heraldo Mayor del Reino del Arrozal del Guadalquivir.

… y se enfanga en esto otro

Erudición y luces

Letras: Antoine de Saint-Exupery - El principito

Música: (Nu) Jazz + Bossa Essentials (lista de Spotify)

Anales

Pinacoteca Nacional del Reino

Orquesta Afónica Arrocera


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