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La lluvia de la noche ha amainado en la playa
y están los pescadores preparando las redes.
Duerme la luz del faro alzado entre las nubes
que velan la luz nueva que ahora cae
como un sudario blanco sobre la faz del mundo.
Allá en el espigón algunos niños
abrazan la mañana. Van corriendo
por la arena y las rocas, caminan sobre el agua
y juegan a vencer a la mar y a las olas
en un instante leve, que es ya la vida eterna.

(Rota, 8.IV.12)

Ocupaba el cuartelillo la planta baja de un soberbio palacio en el que, bajo el control de la Federación Anarquista Ibérica (FAI), se había instalado un ateneo libertario con sus cocinas populares y su cuerpo de guardia, que, no se sabe por qué, son las piezas fundamentales en todo ateneo anarquista. Los vastos salones del palacio, cubiertos de ricos tapices, servían ahora de albergue a una oscura masa de familias aldeanas fugitivas de los pueblos invadidos por las tropas rebeldes. Sobre las gruesas alfombras de nudo habían colocado sus sucios petates, sus cacharros de cocina, sus enjalmas y aperos, y allí hacían su vida disparatada de tribu trashumante acampada después de atravesar el desierto de la guerra en un fantástico oasis de las mil y una noches en el que había arañas monumentales, viejos relojes de bronce y doradas cornucopias, pero no había un rinconcito donde encender un buen fuego de retamas o un braserillo, ni un regato donde lavar la ropa, ni un prado donde los niños triscasen a su albedrío. Estupefactas, sin atreverse a nada, con el pañuelo negro sobre la cabeza y los brazos sarmentosos cruzados sobre el vientre, aquellas mujerucas aldeanas se pasaban las horas muertas plantadas en medio de los salones mientras los niños lloriqueaban y se orinaban en las alfombras con gran envidia de sus madres, que de buena gana lo harían también si se atreviesen. Los milicianos anarquistas que las habían llevado a aquel palacio cumpliendo así un acto típicamente revolucionario, las arreaban de un lado para otro con malos modales y empezaban a pensar que aquellas mujeres estarían mejor y más a su gusto en el patio de una posada que en el salón de un palacio. Pero la revolución tiene sus inevitables puerilidades.

[Manuel Chaves Nogales, A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires, Ed. Ercilla, Santiago de Chile, 1937]

Vuelve lento mi padre. Le pesan los agostos
sin fin sobre los hombros y el sombrero de paja.
Ahora el huerto es sólo la sombra polvorienta
del verde de las parras.
No es más que ramas secas y mi padre que busca
unos frutos podridos y arrojados
en un montón cubierto por las moscas.
En la espuerta de mimbre tan sólo dos pimientos,
unos tomates verdes y un racimo de uvas
heridas por los mirlos sin remedio.
Contempla el huerto estéril y murmura
con la voz ronca y honda, como un pozo que ha estado
sin agua largo tiempo.

3-IX-11

SIN ESTAS COSAS

Te lamentas: sin estas riñas de niños, sin
estos arroces fríos, visitas a dentistas,
vasos rotos, suspensos, facturas implacables,
fiestas de cumpleaños, peines por los rincones…,
sin toda esta barbarie, qué sosiego tu vida:
silencio, calma y tiempo. Qué atmósfera perfecta
para la cuidadosa corrección de poemas.

De poemas, iluso, que no hubieras escrito
nunca sin estas cosas que, juntas, son tú mismo.

14-IV-93

[Miguel D’Ors, en La imagen de su cara, La Veleta, Granada, 1994]

La juventud es un período interesante en la vida de una persona. Si a las dificultades de la juventud les sumas la ambición de escribir, hay que tener un carácter fuerte para sobrellevar el estrés. Tener cualidades como la perseverancia, la rapidez, poseer un amplio bagaje literario, ser curioso y mirar con atención. Hay que saber tomar distancia de uno mismo, ser capaz de sentir el dolor ajeno, tener una mente crítica, sentido del humor y la irrompible convicción de que el mundo se merece: a) seguir existiendo, y b) más suerte de la que ha tenido hasta ahora.

(…) En prosa una descripción así sirve a una función específica: presenta el escenario de la acción que viene. En un momento la puerta se abrirá, alguien entrará y algo pasará. En la poesía la descripción misma debe “suceder”. Todo se vuelve significativo, la elección de las imágenes, su disposición, la forma que toma en las palabras. La descripción de un cuarto ordinario debe aparecer ante tus ojos como el descubrimiento de ese cuarto, y la emoción contenida en esa descripción debe ser compartida por los lectores. De otra manera, la prosa se queda prosa, aunque te esfuerces en cortar oraciones en columnas de verso. Y lo que es peor, nada pasa.

Wislawa Szymborska, en este artículo epistolar sobre la poesía bien (y mal) escrita.

El que da vida a esto…

Jesu, Heraldo Mayor del Reino del Arrozal del Guadalquivir.

… y se enfanga en esto otro

Erudición y luces

Letras: Antoine de Saint-Exupery - El principito

Música: (Nu) Jazz + Bossa Essentials (lista de Spotify)

Anales

Pinacoteca Nacional del Reino

Orquesta Afónica Arrocera


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