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Es un atardecer de julio y en La Alameda los camareros corren sobre la solería ocre, de una mesa a otra, y por La Barqueta se oyen ya los últimos gritos de chiquillos en las atracciones y la Ciudad entera bulle de gentío, como fogueada por la canícula del día, bajo una luz carmesí.

El sol que se oculta allá a lo lejos, detrás de los pabellones y las fuentes y los jardines, más allá de las lomas del Aljarafe, es ahora el misterio de cada ocaso de verano y la música que acompaña una nueva despedida y cierra el telón de la nostalgia de otros días en las avenidas de La Cartuja, en esta isla siempre mágica.

Una maleta vacía espera al regresar a casa. Hay que escoger la ropa para el viaje y mejor incluir unos pantalones de algodón, frescos, para el tiempo. En el armario hay un par de ellos, de hace muchos años, quién sabe si aún de la talla adecuada. Al probarlos, algo dentro del bolsillo atrae la mano como un anillo de poder.

Es la magia de la vida que vuelve a la vida después de veinte años, a la sorpresa de un niño de cinco años ante el misterio de estas tardes de verano en una isla infinita, en una ciudad eterna, que siempre será suya -ahora ya lo sabe- allende los días, allende los viajes.

Viernes de Dolores. Llueve sobre Sevilla. La primera, en la frente. Tras el invierno más seco que los viejos del campo recuerdan desde aquellos años de la sequía, toca, como ya es más habitual, lluvia en Semana Santa.

Ya lo dijo alguien en el twitter esta tarde: San Pedro será muy santo, pero poco cofrade. No me extraña. De hecho, no son pocos sevillanos los que repiten eso de que, si Nuestro Padre Jesús del Gran Poder pudiera soltar un momento la cruz, se liaría a latigazos como con los ladrones del templo e iba a dejar La Campana sin un alma.

“Hace 40 años no había en la Carrera Oficial ni la mitad de cofradías que hay hoy”, me comentó hace unos días un mayor mío. “Y, por supuesto, nada de Cautivos del Polígono, ni Cerros del Águila ni alguna otra cofradía de barrios peleándose con el Consejo por ir a la Catedral”, me dijo.

Hoy las hermandades periféricas afloran como la primavera que ya brota en el azahar de los naranjos del Centro, y ya vemos a muchos cofrades de jóvenes hermandades -en algunas de ellas, los pasos aún son de madera desnuda- llorando porque su Cristo y su Virgen no van a ver la calle.

La penitencia primigenia que daba sentido a las procesiones de imágenes cofrades ahora reside en la lluvia que impide que podamos portar a hombros a nuestro Señor y su Madre por Sevilla, y, al contrario, ese mismo hecho de vestir de nazareno -no hablemos ya de los trajeados y envarados miembros de honor de la hermandad- ha convertido la estación de penitencia en una estación de deleznable orgullo.

El cofrade es un sentimiento fuerte, tanto más en esta ciudad tan dada al aplauso, a lo cursi, a lo barroco y tramoyesco, al espectáculo fácil y a soltar un “ole” en cuanto se tiene ocasión, y acaso sin tenerla. De ahí el llanto. Pero cuanto más veo a muchachos y viejos llorando en la puerta de un templo por no poder lucir las imágenes de nuestro Señor y nuestra Madre, menos puedo evitar acordarme de aquellos fariseos de Mateo 6, 5-6, que practicaban su fe a la vista de todos, con gran ostentación.

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Semana VI en La Copa del Meado. Esta semana nuestros textos tienen 2020 como tema común. Os invitamos a que los leáis y, cómo no, a que nos dejéis vuestros comentarios y, por supuesto, los votos que decidirán el ganador de esta nueva copa. Ahora os dejo con mi aportación para esta semana. Espero que os guste.

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RIVERSIDE

El río fluye sereno en esta época. Lo recuerdo así desde que lo contemplé por primera vez, cuando era un renacuajo. Tampoco pierde ese color turbio y espeso, como un gran caldo parduzco condimentado con la miseria de los hombres que fluye sin fin hacia ninguna parte. Me pregunto qué diría este río si pudiera hablar, qué historias oscuras de siglos lejanos y olvidados narraría. Pero el tiempo de la magia dejó de brillar hace muchos años, no se sabe ya cuándo, y y no queda alguien que cuente historias. Tal es la desmemoria de los hombres en este tiempo oscuro en el que nadie recuerda ya su propio nombre.

Je, je, recuerdo cuando llegó el año 2001 y un hombre, recostado en el asiento de su viejo Renault 12, me decía: “Ea, pues ya está aquí el 2001, y yo no he visto naves espaciales ni extraterrestres andando por la calle ni na de na”, y yo miraba a la vieja fachada de ladrillo del colegio y a la marabunta de niños que gritaban y corrían, y él sentenciaba: “¡Aquí na má que hay mierda!”.

Je, je, je, pobre. Si hubiera visto en qué se ha convertido todo. Pero él tuvo más suerte que los demás, y Dios lo recogió pocos años después de aquello. Algunas veces me acordaba de esas palabras suyas, y las tomaba como una frase hecha, como cualquier otra muletilla, pero al tiempo comencé a mirar el mundo con otros ojos y entendí qué era lo que realmente había querido decir. Pero para entonces el hombre ya se había ido. Quizá estaba ya cansado de ver tanta mierda. Por eso seguimos todos nosotros aquí, porque no nos hartamos de esa mierda cotidiana que es este mundo.

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El que da vida a esto…

Jesu, Heraldo Mayor del Reino del Arrozal del Guadalquivir.

… y se enfanga en esto otro

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