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Semana VI en La Copa del Meado. Esta semana nuestros textos tienen 2020 como tema común. Os invitamos a que los leáis y, cómo no, a que nos dejéis vuestros comentarios y, por supuesto, los votos que decidirán el ganador de esta nueva copa. Ahora os dejo con mi aportación para esta semana. Espero que os guste.

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RIVERSIDE

El río fluye sereno en esta época. Lo recuerdo así desde que lo contemplé por primera vez, cuando era un renacuajo. Tampoco pierde ese color turbio y espeso, como un gran caldo parduzco condimentado con la miseria de los hombres que fluye sin fin hacia ninguna parte. Me pregunto qué diría este río si pudiera hablar, qué historias oscuras de siglos lejanos y olvidados narraría. Pero el tiempo de la magia dejó de brillar hace muchos años, no se sabe ya cuándo, y y no queda alguien que cuente historias. Tal es la desmemoria de los hombres en este tiempo oscuro en el que nadie recuerda ya su propio nombre.

Je, je, recuerdo cuando llegó el año 2001 y un hombre, recostado en el asiento de su viejo Renault 12, me decía: “Ea, pues ya está aquí el 2001, y yo no he visto naves espaciales ni extraterrestres andando por la calle ni na de na”, y yo miraba a la vieja fachada de ladrillo del colegio y a la marabunta de niños que gritaban y corrían, y él sentenciaba: “¡Aquí na má que hay mierda!”.

Je, je, je, pobre. Si hubiera visto en qué se ha convertido todo. Pero él tuvo más suerte que los demás, y Dios lo recogió pocos años después de aquello. Algunas veces me acordaba de esas palabras suyas, y las tomaba como una frase hecha, como cualquier otra muletilla, pero al tiempo comencé a mirar el mundo con otros ojos y entendí qué era lo que realmente había querido decir. Pero para entonces el hombre ya se había ido. Quizá estaba ya cansado de ver tanta mierda. Por eso seguimos todos nosotros aquí, porque no nos hartamos de esa mierda cotidiana que es este mundo.

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Semana V en La Copa del Meado. Esta vez escribimos sobre una noche en la taberna. Esperamos, como siempre, vuestras lecturas, vuestros comentarios sobre los textos y, cómo no, vuestros votos. A continuación os dejo con mi aportación a esta edición de la Copa.

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EL CAFÉ DE SAN GERMÁN

Rogelio Hernández tiene un ritual para los viernes. Algo antes de las once suele torcer sus pasos en la esquina de la calle del Jilguero con la calle de la Alondra y se le ve venir algo encorvado, con su caminar tranquilo y las manos en la espalda, como el viejo que ya empieza a ser. Luego de andar un pequeño trecho, se sienta con un leve quejido en un banco de metal, no de forja, sino de ésos de diseño funcional y cuadriculado que hay en los nuevos barrios de la periferia. Cada viernes, a la misma hora. Ustedes podrán verlo si pasan por allí.

Esta noche Rogelio se retrasa bastante. Es casi medianoche y hace bastante frío, más del que suele hacer en esta ciudad. Por la calle no hay un alma, apenas algún coche que va de recogida. Sólo la figura arqueada de Rogelio, que ya vuelve la esquina y recorre la calle bajo el halo naranja de las farolas que se alzan enhiestas como guardias firmes.

Por fin alcanza el banco de metal y se sienta con esfuerzo. El reúma le está destrozando las rodillas. Se saca del bolsillo el último cigarro que le queda, lo enciende y saborea cada calada mientras contempla la acera de enfrente. El Café de San Germán es su postal de cada viernes, el altar de su rito de largas noches de calles y bancos. Le gusta la luz cálida que baña la fachada, el letrero antiguo, el murmullo de la gente y sobre todo, el jazz alegre que, desde dentro, le llega amortiguado en esta noche gélida de enero.

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Semana IV en La Copa del Meado. Esta semana escribimos sobre enterradores. Esperamos sus votos y sus comentarios. Aquí les dejo con mi aportación al concurso.

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LAS HORMIGAS

Enrique Benjumea se había convertido en uno más entre los cipreses que custodiaban las tapias encaladas del cementerio de San Antonio. Durante todos aquellos meses había aprendido, como ellos, a aguardar en silencio al incierto final, imposible de concebir, de algo que realmente, entonces como ahora, nunca supo qué era.

El joven Enrique había heredado el oficio de enterrador que hasta hacía poco había ostentado su padre, quien también lo había heredado del suyo, y así durante generaciones. Uno tras otro se habían ido enseñando a esperar de pie en la puerta del cementerio, junto a la tapia blanca y los cipreses, convertidos en otra sombra inmóvil recortada contra los cerros del campo ceniciento.

Así fue durante aquel verano, cuando sólo eran él y la pala y el sol inabarcable de la tarde y el canto de la chicharra, perezoso y cansino, como una marcha fúnebre. A lo lejos los veía venir, como un cortejo tragicómico. Daban tumbos como si fueran muñecos de trapo. Se escuchaban voces de mando como bramidos y a veces alguno rodaba por la cuesta después de que el capitán le propinara un puntapié. También estaban los días en que alguien se salía de la caravana y se despeñaba por el puente hasta caer, convertido en una masa de jirones de ropa, pelo y sangre, sobre la vereda de albero que antes fue de los enamorados.

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La competición continúa en La Copa del Meado con el primer tema del año, que es el de la cosecha. Mi aportación para esta semana es el primer poema de 2011, que en realidad es el último de 2010, pero se convierte en una ilusionante manera de abrir literariamente este año. Disfrutadlo y no os olvidéis de votar el ganador de la Copa del Meado de esta semana.

XIV

El labrador contempla el infinito
barbecho de diciembre en la campiña
bajo un ocaso frío y ceniciento.
Pasea la mirada por los campos
oscuros como su mirada llena
de un esperar eterno y resignado.
Entre los surcos se alza derrotada
la tapia blanca de un cortijo antiguo.
Por las grietas de siglos, unas parras
despojadas abrazan la pared
y en un rincón, bailando en el diluvio,
perviven unas hojas obstinadas
que tapan las heridas de la piedra
y atesoran la luz de un sol perdido.

30-XII-10

Ya tenéis disponibles los relatos de la Semana II en La Copa del Meado. El tema de esta semana es el primer día en una ciudad nueva. Os dejo con mi aportación y con mi deseo -atrasado, que no menos sincero- de que paséis unas felices Pascuas con los vuestros.

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CALAIS LONDRES

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El tren de Dover llegó a la estación de Londres cuando faltaba poco para las diez. Tarde, como siempre. Maurice Marchand y su esposa, Marguerite, descendieron del último vagón con los pocos bultos que portaban consigo y pasearon una mirada inquieta por el andén repleto de sombras fugaces que surgían de entre la espesa nube de vapor. Se encapotaron con unas caperuzas negras para resguardarse de la lluvia que lagrimeaba por los resquicios del techo y las paredes y se mezclaron con la muchedumbre de fantasmas que se escurría hacia la salida entre jirones de neblina.

Caminaban con paso inseguro, agarrados de la mano, procurando no extraviarse entre aquel runrún impenetrable que resonaba en la estación. Al bajar del vagón habían oído un par de palabras en francés al vuelo, cette nuit, maison, demain, pero enseguida todo fue un gran babel indescifrable y les invadió un terrible desconsuelo y se apretaron las manos sin dejar de mirar al frente. Sabían que eso era cuanto les quedaba por delante.

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El que da vida a esto…

Jesu, Heraldo Mayor del Reino del Arrozal del Guadalquivir.

… y se enfanga en esto otro

Erudición y luces

Letras: Antoine de Saint-Exupery - El principito

Música: (Nu) Jazz + Bossa Essentials (lista de Spotify)

Anales

Pinacoteca Nacional del Reino

Carmen

Carmen

Luz

Amanecer en el puerto

Villanueva del Río y Minas

Más fotos

Orquesta Afónica Arrocera


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