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Celebración de San Alfredín 2010, en la Plaza Nueva de Sevilla. Crónica completa en Sin futuro y sin un duro.

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Y para asustar viejas, y para montar reportajes audiovisuales, y para curarte resacas de graduaciones, y para aprenderte al dedillo la vida, obra y milagros de Mariano Nipho, y para celebrar el ascenso del Betis, o no. Para esto y todo lo demás, Moloko.

Si te gustó, bájatelo de grati. O, si quieres, remunérame con un serranito cuando me veas.

Por lo general, un hombre se deja las barbas por pura flojera. Cuando uno deja de ser un muchacho barbilampiño, adquiere el hábito de afeitarse de manera más o menos regular. Por ejemplo, un día por semana. Pongamos que el miércoles. Todos los miércoles el muchacho se afeita como si cumpliera un rito, hasta que llega el miércoles fatídico en el que está terriblemente ocupado con algo. Pongamos que rascándose los huevos en el sofá.

En ese momento, el muchacho decide dejarse las barbas para no tener que afeitarse. La estética u otras excusas otros factores son secundarios. No se dejen engañar por esos agentes de marca encubiertos que son los hombres que se dejan el sueldo en maquinillas desechables. De hecho, luego de un tiempo dejándose las barbas, la gente comienza a habituarse a su nueva presencia y empiezan a decirle que le quedan bien y que está muy guapo. And whatever.

Pero eso no suele suceder con los padres, que persiguen al muchacho diciéndole que es un puerco y un degenerado, entre otras lindezas. Finalmente aceptan las barbas perpetuas, tras un tiempo de adaptación razonable. Unos dos años. Por eso los comienzos no son fáciles. Por eso y por la inexperiencia de llevar una mata de pelo colgando de la cara. A los picores se le suma un remordimiento cada vez que se mira uno al espejo, acrecentado por los piropos paternos. Y el barbudo novato cae de nuevo en el afeitado.

Pero una vez que se entra en esta cómoda dinámica ya no se sale. Conforme uno se adecua a ella y las lindezas de los padres resbalan por la perilla, sólo se recurre al afeitado tras un período mínimo de tres meses.  En este punto, por lo general, un hombre con barba cae en la cuenta de que ha llegado el momento de afeitarse cuando se levanta una mañana, se mira en el espejo y comprueba que tiene los pelos de la barba más tiesos que los de la cabeza.

El afeitado del barbudo es tremendamente tedioso, e incluso doloroso. Requiere unas tijeras para recortar el grueso de las barbas y una maquinilla de afeitar (o dos, habitualmente) para rasurar. También mucha paciencia para soportar este suplicio interminable. Y, por último, una aljofifa y un escobón para limpiar el cuarto de baño.

Hasta que el barbudo, ya con experiencia avanzada, descubre la maquinilla de pelar. Entonces desaparece el afeitado. La barba se vuelve perpetua, impenetrable, y el día en que uno se levanta con las patillas como las de un lince, sólo tiene que recortar. Nunca más rasurar. Y es automático.

La vida del hombre barbudo conduce a la felicidad y el esparcimiento inherentes a la vida del hombre flojo, pues el hombre flojo se rasca los huevos pero el hombre barbudo se rasca los huevos y las barbas. Y si no les dicen que están muy guapos con ellas, quédense con el consuelo de que, al menos, les camuflarán la cara. Además, contra lo que afirman todos los mitos, en verano no dan calor. ¡Pero en invierno abrigan! Se lo digo yo, barbudo oficial desde los 16 años.

Comprendo que piensen que esta disertación es algo totalmente peregrino y que, una vez hayan terminado de leerla, se perderá como las gotas de agua entre los bigotes. Pero sepan que yo no tengo un pelo de tonto y que si les lego este pozo de sabiduría mundana es, simple y llanamente, por el mero placer de rascarme las barbas (y acaso también los huevos) mientras reflexiono.

Bar Harley Davidson Cyclopes, Almensilla, durante el concierto de la Malaya Blues Band. Retoque del amigo Cerero. No se pierdan su tributo a esta noche de blues, controles de alcoholemia y barro en los zapatos.

Concluyó el Concurso de Agrupaciones de este año, que nos deja tres primeros premios merecidísimos en cuartetos, comparsas y coros. Este último hace justicia, poqrue ya era hora de que se reconociera el grandísimo trabajo del coro de Fali Pastrana. Y también era hora de que relegaran a Antonio Martín a un tercer puesto, especialmente después del primero del año pasado, que no creo que se mereciera.

Buen sabor de boca en esos premios a pesar de un jurado que se dejó caer con cajonazos en las semifinales y que en la final ha incidido en el mismo error del año pasado y ha vuelto a dejar tercera a la mejor chirigota de este año, la del Selu. Indignante. Pésimo.

Aún así, enhorabuena a Los que no se enteran y también a Los Santos, Los Tangueros y Los Vaqueros de Springfield. Con vídeos de sus actuaciones les dejo. Un bastinazo, señores.

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El que da vida a esto…

Jesu, Heraldo Mayor del Reino del Arrozal del Guadalquivir.

… y se enfanga en esto otro

Erudición y luces

Letras: Antoine de Saint-Exupery - El principito

Música: (Nu) Jazz + Bossa Essentials (lista de Spotify)

Anales

Pinacoteca Nacional del Reino

Orquesta Afónica Arrocera


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